Vivir en las sombras

23-04-2019

Opacada por su hermana Victoria, su marido Adolfo Bioy Casares y su amigo Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo es una de las grandes cuentistas de la literatura argentina cuya obra adquirió valor en forma póstuma.

Facundo Miño | Periodista

Descendientes de terratenientes y dirigentes políticos, los Ocampo pertenecían a la aristocracia argentina incluso antes de que existiera el país, desde la época del Virreinato del Río de la Plata. Como en toda familia patricia de su condición, los viajes a Europa eran regulares, con vacas propias arriba del barco.

Silvina Inocencia María Ocampo Aguirre fue la menor de seis hermanas. Nació en 1903 y tuvo una educación trilingüe a cargo de institutrices extranjeras. Hablaba inglés y francés, el español lo incorporaría más tarde. Pero a diferencia de Victoria -la mayor y más famosa-, Silvina se acostumbró a una vida en las penumbras. Los reflectores siempre apuntaban en otras direcciones.

Desde pequeña se sintió una hija de segunda categoría. “Soy el etcétera de la familia”, solía decir. En la mansión en la que vivía fue la única del clan que tuvo libre acceso a las dependencias del personal de servicio (niñeras, sirvientas e institutrices), vedado para todos los demás. Allí era mimada. Jugaba a ser costurera y cariñosamente la llamaban “la primera oficial”.

Los veranos transcurrían en otra mansión, rodeada por un parque de 10 hectáreas. “Villa Ocampo” fue construida por su padre en San Isidro, suburbio predilecto de las clases adineradas. “La cosa había ocurrido en casa, o en la casa de al lado, o en la casa de enfrente: San Martín, Pueyrredón, Belgrano, Rosas, Urquiza, Sarmiento, Mitre, Roca, López. Todos eran parientes o amigos”, explicó la hermana Victoria en su autobiografía.

Los intentos revolucionarios del recién formado Partido Radical y las revueltas obreras anarquistas no modificaban las costumbres en esos veranos eternos de diciembre a marzo. Subida a lo alto de un cedro, Silvina esperaba todas las tardes la llegada de los mendigos, sus visitantes preferidos. Les servía café con leche, encantada.

-A mí me parecían tan superiores a los que nos visitaban, mucho más divertidos que mis primas que eran unas pavotas, unas inútiles. A mi familia le parecía muy mal que yo tuviera esas amistades. Tenía miedo de que me robaran algo, de que me contagiaran alguna enfermedad- recordaría en una entrevista.

El vínculo cariñoso con pobres y sirvientes nunca se tradujo en conciencia social ni en acciones políticas concretas. Esos personajes marginales sí serían protagonistas de los cuentos que escribiría más tarde: peluqueras, costureras, jorobados, adivinas, niños asesinos y asesinados, pirómanos, suicidas.

De joven tuvo una etapa dedicada al dibujo. A los 26 años se instaló en París para estudiar con profesores europeos. Quiso tomar clases con Picasso pero no tuvo éxito. De regreso en Buenos Aires llegó a realizar algunas exposiciones colectivas y otras individuales. Le propusieron exponer algunos dibujos de desnudos en Francia pero la madre, escandalizada, montó una escena. La muestra nunca se hizo. Finalmente abandonó esa actividad y se orientaría hacia la literatura, casi siempre anclada en la infancia.

Discreción y originalidad

En 1932 Silvina conoció a Adolfo Bioy Casares, por ese entonces un joven escritor, bastante menor que ella, con fama de mujeriego. “Me sentía tan atraído por ella que, sin haber cambiado muchas palabras, allí mismo en el ascensor la abracé y la besé”, contó Bioy.

Se casaron en 1940 pero ya convivían desde un tiempo antes (toda una rareza para la época). Para anunciar el matrimonio, ella les envió un telegrama a las hermanas.

Detrás de Victoria (fundadora de la revista y editorial Sur), esposa de Bioy, amiga desde siempre de Borges, la literatura de Silvina Ocampo parece condenada al segundo plano y su figura, al de actriz de reparto. Pero ese lugar marginal no le resulta incómodo. No iba a ágapes, casi no salía. Prefería quedarse en casa, usando ropa de su marido y en alpargatas.

“Era intencionalmente secreta y discreta; sus libros de cuentos, en ocasiones surrealistas y muchas veces crueles, no se parecen a nada. Quizá por esa originalidad le costó encontrar lectores. Además era una mujer extravagante: riquísima, de una familia aristocrática y sin embargo sumamente austera y sencilla, no tenía vida social, la mayoría de los amigos eran gays, artistas o gente común”. La descripción corresponde a la periodista y escritora Mariana Enríquez, autora de La hermana menor, un ensayo en el que se ocupa de la obra pero también de su vida.

Sus libros de cuentos de entonces (El viaje olvidado, Autobiografía de Irene) eran leídos por grupos selectos. Borges la admiraba, sobre todo en el plano de la poesía pero cuando la felicitaba en público lo hacía desde la amistad y no desde la valoración artística. Quizá esa relación tan cercana impedía mayores reconocimientos aunque la cotidianeidad permitía que la crueldad de Ocampo saliera a flote. “Tuve que tapar a Borges en la playa porque como está ciego no se da cuenta de que anda en bolas”, le dijo a su esposo y él lo reprodujo luego en un libro.

Justamente, de su pareja con Bioy Casares hay muchísimos rumores, nunca del todo comprobados. Hay también algunas confirmaciones. Una nada disimulada catarata de amantes del marido que casi nadie desconoce, mucho menos Silvina. Una hija extramatrimonial (Marta) que ella cría y educa como si fuera propia. Una inigualable relación literaria basada en la admiración mutua (se leen entre sí con retroalimentación creativa durante toda la vida, él no publica nada sin su aprobación previa). Un libro que producen a cuatro manos y firman juntos (Los que aman, odian, recientemente llevado al cine).

En la ola de rumores se dice que Silvina tuvo también una galería de amantes (incluida Alejandra Pizarnik) y una vida muy libertina para la época, amparada en la poca exposición. “Yo creo que tuvo aventuras sexuales con hombres y con mujeres, pero muy discreta. Ella hablaba de 'personas', no daba a entender nada”, dice Enríquez.

De tan extraña, resultaba fascinante para quienes lograron tratarla aunque la conocieran superficialmente. Tan rara como esos relatos inclasificables. Como sus libros, sin un título que resalte demasiado por sobre los demás. La infancia omnipresente, la crueldad latente, una obra reconocida y revalorizada después de su muerte, en 1993.

“Escribo para poder quedar en el lugar donde viven los personajes de mis relatos”, contó alguna vez. Por entorno, por clase social, por extravagancia, su figura sigue envuelta en el misterio, a tono con la vida en las sombras que cultivó.

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