Sitios arqueológicos usados como refugio

25-06-2008

La explotación minera en el noroeste de la provincia de Córdoba es cuanto menos desprolija y está produciendo graves consecuencias ambientales y culturales. Las denuncias de destrucción de sitios arqueológicos con pinturas y grabados rupestres milenarios son frecuentes y están documentadas.

Un buen ejemplo de lo que ocurre es la localidad arqueológica de La Playa, con una población de 300 habitantes que se caracteriza por la explotación del Granito Gris Mara. Si bien esporádicamente -merced a una denuncia o advertencia- se suspende la actividad en alguna de las canteras, testigos directos señalan que no es infrecuente que pasado un tiempo se retome la explotación.

La falta de planificación de la actividad minera en la provincia aumentó la capacidad destructiva y homogeneizadora de todo el paisaje, causando un fuerte impacto visual y medioambiental.

En los propietarios de las minas, mineros, productores y aserraderos, parece primar sólo el valor económico a obtener; en los conservacionistas, en cambio, prima la connotación simbólica de estos lugares y su importancia como fuente de recursos si se explotaran turísticamente como hacen provincias vecinas.

A pesar del reconocimiento como lugar de “alto interés histórico-cultural-arqueológico”, el avance de la explotación minera no cesa. Tampoco, los reclamos. Los vecinos de las diversas localidades afectadas por esta actividad viven interpelando al Estado y a los propietarios de las minas para que cumplan las disposiciones legales, al menos en lo que a sitios rupestres se refiere.

En este contexto, el rescate arqueológico se ha convertido en una alternativa para salvaguardar el patrimonio arqueológico de La Playa. De hecho esta semana tuvo lugar una jornada sobre concientización en la materia en San Carlos Minas.

El deterioro

Al humo provocado por los fogones encendido por los mineros, el uso de tizas para resaltar los dibujos, los rayones con elementos cortantes, las perforaciones, el desmonte y las remociones se suman los nidos de avispas, la iluminación directa, la acción del viento y la humedad.

El deterioro del ambiente que rodea a los aleros, originado por la explotación minera, ha dejado desprotegidas a las pinturas, dando paso al viento, luz directa y el fácil acceso a los animales que utilizan estos lugares para el resguardo. Los sitios de arte rupestre son muy sensibles.

La mayoría de los aleros (88 %) se encuentran dentro o en las proximidades de las explotaciones mineras. Hasta que se iniciaron los trabajos mineros en toda la localidad los sitios exhibían un grado de conservación aceptable.

Hay que tener en cuenta que la voladura de un alero implica la desaparición de 7 mil o 10 mil años de historia. De arte y de vida, porque esos dibujos hablan sobre nuestros antepasados.

La Dirección de Minería provincial rechazó hace unos meses una propuesta de Patrimonio Cultural de establecer un área de exclusión de 64 mil hectáreas por “inviable” para el negocio minero.

Teniendo en cuenta que los lugares patrimoniales son recursos culturales no renovables se debería, al menos, realizar un registro detallado de las pinturas y grabados rupestres como forma de preservación, así como garantizar el respeto por las leyes vigentes.

En los relevamientos de la Dirección de Patrimonio Cultural se reitera esta denuncia: los informes de impacto cultural presentados por los mineros presentan grandes irregularidades debido -entre otras cosas- a que fueron confeccionados por un profesional no habilitado para ese trabajo (un geólogo y no un arqueólogo o paleontólogo como indican las normas). Esos informes omiten la descripción de algunos aleros con pictografías y los sitios arqueológicos.

Hasta el correcto manejo y conservación de los explosivos usados en la explotación ha sido puesto en tela de juicio. Tampoco se respeta la demarcación de las canteras, señalización de sus ingresos y nombre de identificación. Hay dificultades para establecer la propiedad real del suelo, lo que no permite establecer claramente la responsabilidad en los daños provocados a los sitios. El daño se hace, y luego ¿quién responde?

Después de todo, no es nada más que la huella de los indígenas ayampitinenses (seis mil años antes de la Era Cristiana), ongamirenses (tres mil años a.C) y comechingones (de la Era Cristiana) dejaron su valiosa huella.

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