SAN ANTONIO DE LITÍN: LEJOS DE LAS VÍAS

10-08-2016

San Antonio es un lugar pequeño, bonito, muy prolijo. Si algo llama la atención al recorrer sus calles es la cantidad de microemprendimientos.

La zona es agrícola ganadera e históricamente fue cuenca lechera. Hay pequeños tambos familiares, muchos de los cuales están unidos en la cooperativa “La Litinense”, también hay apicultores, granjas avícolas y pymes que se especializan en productos lácteos. Es también el único pueblo en la zona que cuenta con hotel.

El tren, medio que propició el nacimiento y desarrollo de tantos pueblos, nunca pasó por San Antonio. La estación más cercana está en Cintra, a 10 kilómetros, trayecto que en épocas de camino de tierra significaba un buen tiempo. Había que rebuscárselas. ¿Será por eso que la gente de esta localidad fue tan emprendedora?.

Caminando por estas calles llegamos al taller de Osvaldo Castigliano, que se encuentra justo frente a su casa, en uno de los nuevos barrios. Cuando le pregunto por su oficio, me dice que es `un poco herrero y un poco artesano´.

Antes de entrar al taller encontramos la primera escultura que, aclara, “pesa 160 kilos y está hecha con casi 200 repuestos en desuso de las cosechadoras que fue arreglando”. Su marca se encuentra también en las obras que regaló al centro de jubilados, a la escuela Pablo Pizzurno y al IPEA 214 Manuel Belgrano.

Osvaldo nació en el campo, en Colonia Los Ucles, a unos kilómetros del pueblo. Mientras va recorriendo el taller, donde tiene las herramientas prolijamente colgadas, muestra sus trabajos. Asientos de arado, una bicicleta, maceteros, llaveros... hay de todo. Es un gran reciclador, y dice que le va buscando la vuelta a todo lo que no sirve.

Tiene 71 años y hace alrededor de 15 se mudó a esta localidad. “Estuve hasta los 57 en el campo, lugar donde nací. Me crié, fui a la escuela y trabajé toda la vida. Aprendí herrería desde muy chico con mi padre y un tío. Cuando tenía 13 ya usaba un martillo de dos kilos y afilaba las rejas del arado. Siempre me gustó trabajar el hierro porque es maleable, por eso adoro este material. Y bueno, tengo ese pequeño torno antiguo y hago muchas cosas con la fragua y el martillo”.

Tanto por las mañana como por las tardes (con excepción de la siesta, como debe ser), uno lo encuentra en el taller, donde sus amigos suelen pasan a charlar un rato y a recordar viejos tiempos.

Pasa mucho tiempo en este lugar y dice que “cada uno tiene su vocación. Me gusta hacer de todo, tanto artesanías como otros trabajos. Siempre cargo a la gente y les digo que ´lo que no arregla Castigliano no lo arregla nadie en San Antonio´. La otra vez me trajeron algo y algunos me decían `sos loco si tenés ganas de renegar con eso´. Pero para mí es un desafío, yo quiero hacer andar las cosas”.

Mucha gente también se llega al taller para buscar piezas, tornillos o repuestos de objetos antiguos, como el sol de noche. Ese lugar lleno de herramientas y materiales duros tiene una parte emotiva, porque ahí Osvaldo guarda muchas de sus primeras obras y recuerdos familiares, que muestra a medida que lo va recorriendo. “Mi hermano falleció. Estas son las espuelas y el freno que él usaba para andar a caballo, deben tener 50 años, las hicimos nosotros”.

Se adaptó rápido a la vida del pueblo. “Cuando vinimos, esta fue la primer casa del barrio. Hoy el pueblo creció y hay muchas construcciones, calculo que en dos años no van a quedar lotes disponibles”.

Le gusta vivir en San Antonio y no cambia eso por nada. “¿Sabes qué es lo mejor que tenemos? La tranquilidad. Vivo en la penúltima casa del pueblo y soy amigo del que vive en la última casa del otro lado. Eso es lo que vale. Es un pueblo muy lindo, limpio, la plaza está hermosa. A algunos les encanta pasar sus últimos años en Córdoba capital, pero yo ni loco. El pueblo te da mucha libertad”.

Sin partida de nacimiento

Antiguamente los Litines habitaban la zona, inclusive en los campos cercanos se encontraron vestigios de su cultura. Ese pasado indígena se incorporó al nombre de este pueblo, que también incluyó a su patrono, San Antonio de Padua. “primero se llamó Capilla, después Capilla de San Antonio y más tarde San Antonio de Litín”, cuenta Marta Oitana, una apasionada por la historia que realizó investigaciones sobre los orígenes del lugar.

San Antonio de Litín no tiene fecha de fundación. Asimismo, se estima que el pueblo es de los más antiguos de la zona, por datos que indican que varias localidades sepultaban sus difuntos a este cementerio. Se menciona un censo que se realizó a fines del siglo dieciocho e indica que la población era de 180 personas.

Los terrenos para la construcción de la Iglesia y trazado del pueblo fueron donados por familias del lugar a fines del siglo diecinueve.

Con más de 80 `pirulos´ que le hicieron vivir en primera persona gran parte de los hechos de este pueblo y más de 30 en la docencia, Clotilde de Crescimbeni abre el baúl de los recuerdos y cuenta que uno de los acontecimientos está vinculado al obispo de Córdoba, Fray Mamerto Esquiú, que visitó esta zona en un viaje pastoral en 1882, cuando aún no se había construido la capilla.

Es imposible detallar todos los hechos y personas que hicieron de San Antonio lo que es hoy. Uno de los relatos ´de antaño´ tiene que ver con la época en la que había cine. Esto fue posible gracias a Don José Villarreal. Muchos recuerdan que los sábados llegaba a Cintra el tren que venía desde Rosario y Don José se iba en sulky con su mujer e hijos, proyectaba la película en Cintra y después la trasladaba para proyectarla los domingos en San Antonio. Los lunes partía nuevamente a devolverlas porque ese día pasaba nuevamente el tren.

Hoy viven en este pueblo cerca de 1700 personas, a las que se le suman 500 habitantes de sus colonias rurales como Los Ucles, El Descanso, Corral del Bajo, Corral de Guardia, El Florentino, La Tigra, El Potro Muerto y La Leoncita.

Dentro de las instituciones se encuentra la Cooperativa de Servicios Públicos que desde hace años trabaja por la localidad y uno de los orgullos de San Antonio es el Instituto Provincial de Educación Agrotécnica, un colegio secundario con docentes comprometidos que buscan brindar herramientas a los chicos para que puedan generar sus propios emprendimientos o que tengan una base fuerte si optan por especializarse. Realizan desde técnicas reproductivas de ganado, pasando por el manejo del tambo, la fábrica de quesos, y producción y venta de miel, verduras, pollos y conejos. El colegio es mixto y tiene internado. Por esto concurren alumnos de toda la zona.

Así fue la visita a San Antonio, un bonito pueblo con nombre de santo y de aborigen, que no tiene fecha de nacimiento. Muchos en el lugar piensan, como es el caso de Osvaldo Castigliano, que si hubiera llegado el ferrocarril sería `grandísimo´, quizás ya una ciudad. Siempre quedará la duda. Asimismo el pueblo mira siempre para adelante, quizás por esas cosas de la vida que lo hicieron desarrollarse y crecer lejos de las vías.

Una temporada difícil para los tambos

No se puede hablar de San Antonio sin mencionar que este fue uno de los años más difíciles para la industria lechera, teniendo en cuenta que la actividad de gran parte de la población está vinculada al sector. A los bajos precios y la falta de ayuda se le sumaron las inundaciones y varios tambos cerraron. Es un tema económico, al que se le suma lo afectivo, la angustia de los pequeños productores que de generación en generación llevaron adelante su empresa familiar, muchas de las cuales hoy penden de un hilo.

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