Paterno: ¿Cuánto sabía 'JoePa”?

29-06-2018

Por Dante Leguizamón | Periodista

En las calles de Pensilvania, nombrar a Joe Paterno era lo mismo que en cualquier lugar de la Argentina decir nuestras palabras mágicas: Diego Maradona. La comparación quizá sea injusta para El Diez, pero necesaria para entender el peso específico de la personalidad del entrenador en jefe del equipo de fútbol americano de la Universidad de Pensilvania. Una estatua con su rostro (peluquín incluido), cánticos exclusivos para cada una de sus decisiones y merchandising con su nombre eran parte corriente de los encuentros deportivos.

Paterno, apodado “JoePa” por los seguidores, había nacido en 1926 y fue entrenador durante 61 años. Más de 50 de ellos los pasó como coach principal de los Nittany Lions, el equipo de fútbol americano de la universidad.

Cuando JoePa llegó, el equipo estaba lejos de la gloria que alcanzaría bajo la coordinación del famoso entrenador. En los años siguientes a su llegada, Pensilvania ganó dos torneos nacionales, se convirtió en un competidor estable de los torneos estatales e instaló a la universidad en posiciones expectantes de todos los campeonatos que disputó. Hacia el final de su carrera, cuando la mayoría de los entrenadores ya sientan a sus nietos en la falda para ver los partidos por televisión, JoePa seguía siendo entrenador y una especie de certificado de confianza para sus seguidores.

Así fue que, a los 81 años, en 2007, JoePa completó su quincuagésima séptima temporada consecutiva como entrenador con los Nittany Lions de Penn State. Dos años antes había sido premiado con el galardón de Entrenador del Año, por el que compiten los entrenadores de los deportes más populares del país incluyendo los de preparatoria, los universitarios y los profesionales. Todo teniendo en cuenta que en Estados Unidos el deporte es un negocio hiperdesarrollado y ha sido convertido en una industria que incluye los millones de la televisión y promueve el espíritu deportivo simplemente como una mercancía que estimula la meritocracia. Hablamos de un país en el que (es bueno saberlo) predominan más los frustrados que los consagrados deportivos, ya que las estadísticas indican que por cada uno de los deportistas que alcanzan “la gloria” de jugar como profesionales, hay nada menos que 16.000 que quedan en el camino.

Cuando decimos coach no hay que pensar en un director técnico sino en una persona formada -también en términos de meritocracia- para “motivar” a sus subordinados a “alcanzar las metas” que se pongan.

Todos esos datos son importantes para entender por qué la Universidad de Pensilvania y el pueblo de la ciudad estaban felices de contar con el técnico más longevo y exitoso del fútbol americano. Tan felices que prefirieron mirar hacia otro lado cuando el diario The Patriot News publicó una nota de la periodista Sara Ganim sobre tres supuestos casos de abuso ocurridos en la universidad.

Común, pero incómodo

Hablamos de un caso lejano, pero quizá menos de lo que pensamos. Los episodios de abuso de menores en instituciones deportivas son más comunes de lo que se piensa. El autor de esta nota supo conocer la condena a comienzos de los '90 de un entrenador de Divisiones Inferiores de un club de barrio Colón, al sur de la ciudad de Córdoba. “El Jacaré”, como se conocía al técnico, fue condenado pero, hacia mediados de los 2000, cuando regresó al barrio después de pagar su pena, a nadie le pareció extraño que volviera a convertirse en dt. “Es el que mejor se maneja para formar chicos” decían los vecinos, que no dudaban en hacerle chistes al entrenador para que “no se mande otro moco”.

De todos modos en casos de delitos de instancia privada lo más conveniente es siempre tener precaución y esperar a que las pruebas salgan a la luz para no exponer -y revictimizar- a los damnificados o ensuciar a sospechosos que, como dice la ley, son inocentes hasta que se pruebe lo contrario.

Sin ir más lejos, desde hace dos meses en Argentina empezaron a sonar con fuerza los presuntos episodios de abuso en el Club Atlético Independiente. Allí chicos de 15 y 16 años nacidos en 2001 y 2002 e integrantes de la quinta y sexta división del club, habrían sido víctimas de una red de pedofilia. La acusación -que salpicaría a varias celebridades- apunta a unos diez casos en los que, para lograr favores sexuales, los chicos habrían recibido dinero (unos 1000 pesos), cargas en la tarjeta SUBE de colectivo y ropa deportiva. Además, también les habrían ofrecido pasajes para que los chicos pudieran salir de la pensión del club y visitaran a sus familias en el interior.

La película

La periodista del diario local, que finalmente ganaría el premio Pulitzer por su investigación, siguió trabajando sin que nadie le prestara atención hasta que la Justicia imputó a Jerry Sandusky como presunto autor de tres casos de abuso. Sandusky era un ex colaborador de la ofensiva (subordinado de Paterno). El señor era reconocido como un “buen samaritano”, creador de una fundación destinada a rescatar chicos de la calle. Las cosas podrían haber terminado allí, pero la Justicia también apuntó -saltándose a JoePa- a tres de las máximas autoridades deportivas de la institución a quienes acusaba de encubrimiento.

En parte porque JoePa se acercaba al récord nacional de victorias conseguidas, las cosas siguieron siendo poco importantes hasta que la información comenzó a salpicar a todos dando pie a varias preguntas: ¿cuánto sabía Paterno?, ¿desde cuándo sabía? ¿qué hizo para evitarlo?

La película es un retrato del veterano entrenador en el que la investigación judicial sobre los abusos se mezcla con el descubrimiento de una enfermedad que lo acompaña hacia el final de su carrera. El film, original de HBO, es dirigido por Barry Levinson y el papel del envejecido Paterno recae en un -como siempre- impresionante Al Pacino. El director es el mismo de Rain Man y Good Morning Vietnam. Quizá el punto más alto de la película es el intento (tenue por cierto) de mostrar la reacción de los fanáticos ante las sospechas. Aun cuando las preguntas sobre el accionar de Paterno son lógicas, los fanáticos salen a la calle a apoyar a su ídolo y la persecución se enfoca en las víctimas que según ellos pretenden ensuciar a JoePa. Cuando la familia de Paterno quiere referirse con respeto a las víctimas, la multitud deja en claro que no quiere razonar y es feliz descansando en su exaltación.

Paterno invita a reflexionar sobre cómo quedan sometidos los individuos que, de una u otra manera, no juegan el juego de la industria del éxito y cómo ser víctima y buscar la verdad es poco glamoroso a la hora de enfrentar al fanatismo.

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