Oficios | Ciencia en disputa

23-10-2018

Por Facundo Miño | Periodista

Un buque oceanográfico que pertenece a la Armada navega rumbo a la Antártida. En la tripulación viajan alrededor de 30 científicos de distintos puntos de la Argentina. Recogen muestras de la fauna marítima en una campaña organizada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). Corre el año 2013. En la comitiva hay una debutante, Anabela Taverna. Cada vez que suben las redes de pesca a cubierta ella separa ascidias, unos bichos también conocidos como papas de mar.

Cuando el barco vuelve a tierra un mes más tarde, Anabela lleva el muestreo para analizarlo en el Instituto de Diversidad y Ecología Animal (IDEA) que pertenece al propio Conicet y a la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

-Es muy loco porque Córdoba no tiene salida al mar. Este laboratorio empezó funcionando en la Antártida, se hacían campañas de recolección allá y los experimentos acá- cuenta Taverna.

En 2005 Anabela dejó General Levalle, un pueblo del sur de la provincia con 6000 habitantes que está entre Laboulaye y Vicuña Mackena para estudiar Biología.

-Era lo único que tenía claro. No pensé en otra alternativa ni sabía tampoco a qué me iba a dedicar- recuerda.

Mientras cursó la carrera fue niñera, verdulera y empleada de locales de ropa; hizo pulseras, aros y artesanías en serie para otros negocios. Ya recibida, dio clases en escuelas secundarias como profesora suplente. Se postuló para una beca de doctorado que obtuvo y desde 2015 forma parte del equipo de Ecología Marina, compuesto por 15 personas.

-No hice la típica de querer ocuparme de las ballenas. Estudio las ascidias, animales ventónicos que viven pegados al suelo marino. Son organismos filtradores como las esponjas pero mucho menos conocidos- explica.

Anabela conversa con COLSECOR en una pequeña oficina del Instituto. La puerta tiene un mapa de Argentina con marcas en distintos puntos de la costa. Las paredes, en cambio, son una sucesión de estanterías repletas de cajas, armarios y hasta un freezer con muestras pendientes en formol.

Su tarea principal es la identificación de ascidias. Utiliza una lupa estereoscópica y un kit de disección. Observa en detalle, compara los datos con las descripciones de especies existentes y clasifica.

-Muchos grupos de animales tienen claves de identificación que te permiten ir descartando. Hay 25 especies de ascidias con características propias- explica-. Cuando la morfología no alcanza, hacemos análisis moleculares. La secuenciación del ADN se puede pedir al INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) pero es más rápido mandarlo a un laboratorio especializado de Corea, cuesta casi lo mismo, 15 dólares por espécimen.

Lo que hace Anabela se denomina ciencia básica porque su finalidad es la búsqueda de conocimiento sin intereses prácticos. El proceso de utilizar esos conocimientos para pensar soluciones y alternativas a problemas concretos se llama ciencia aplicada.

-Mucha gente espera que estés buscando la vacuna contra el cáncer o mejorando un cultivo de plantas, se imaginan que hago eso.

La degradación del Ministerio de Ciencia y Tecnología al rango de Secretaría, los recortes anunciados para el área, la reducción de los ingresos al Conicet, colocan el futuro de Taverna en un cono de sombras.

-No sé cuál va a ser mi plan. Toda mi energía está puesta en terminar el doctorado. Después decidiré cómo y hacia dónde voy.

Fotos: Fernanda Márquez

Meritocracia y fuga de cerebros

El ingreso a carrera de investigador dentro del Conicet se basa en un sistema absolutamente meritocrático. Luego de culminar una licenciatura de grado (entre cinco o seis años), cualquier aspirante debe realizar un doctorado (otros cinco años) y, por lo menos, un postdoctorado (dos años). Para estas dos últimas instancias puede solicitar becas al organismo. Todos los meses cobra un monto de dinero que no incluye aportes jubilatorios ni obra social y le permite mantenerse si no tiene familia a cargo. En definitiva, un trabajador precarizado por el propio Estado.

Mientras tanto, debe difundir sus investigaciones en papers que están cuantificados por dos variables ligadas entre sí: revistas indexadas y factor de impacto.

La indexación de una revista radica en su incorporación dentro de bases de datos especializadas. La calidad de los contenidos, el nivel de profundidad, los miembros del comité editorial, los artículos inéditos y la repercusión obtenida dentro de la comunidad científica son los elementos valorados para lograrlo. Las dos más famosas a nivel mundial son Science y Nature (aparecer allí es sinónimo de consagración mundial) pero existen muchas otras. Cuanto más reconocida es la revista, mayor cantidad de lectores tendrá el paper y, por ende, crecerá su potencial factor de impacto, es decir, el número de citas que recibirá por parte de otros textos posteriores.

En ese marco, aspirar a la carrera de investigador requiere dedicación total. Lo ideal es conseguir un paper publicado en esas revistas durante cada año de doctorado y postdoctorado. Muy pocos lo logran. La mayor cantidad de papers aumenta el currículum vitae del aspirante y, por lo tanto, crecen también sus chances de entrar al Conicet.

Como parte de un plan estratégico a largo plazo el organismo fue ampliando su planta permanente hasta alcanzar los 10.000 científicos en 2015 y una proyección para llegar a 15.000 en 2020. La gestión de Cambiemos la desbarató por completo.

Pese a obtener las recomendaciones de todas las instancias de evaluación 480 aspirantes fueron rechazados en 2016 por razones presupuestarias y apenas 345 fueron aceptados. En 2017 se incorporaron 600 (los interesados eran 2211) y para 2018 se anuncian 450.

Muchos de los excluidos por el Directorio ya cuentan con doble recomendación previa de las comisiones evaluadoras. Tienen los méritos académicos suficientes pero no existe vountad política de sumarlos. Esa decisión trae aparejada otra nueva fuga de cerebros. Formados y subvencionados por el Estado, se llevan sus conocimientos al extranjero por la falta de oportunidades en Argentina.

El cielo y la cumbia

Cuando tenía ocho años Pablo López lloraba porque nadie podía responderle qué había después de la muerte. Una noche de verano, su papá le dijo que las estrellas vivían mucho tiempo y decidió contarle la historia del Espacio para calmarlo. Desde entonces, mirar el cielo acostados en una hamaca paraguaya del patio de la casa familiar se volvió un ritual placentero.

Años más tarde, padre e hijo vieron juntos la serie Cosmos de Carl Sagan y leyeron el libro que compilaba toda esa información.

-Debe ser la serie que vio el 99 por ciento de los astrónomos- dice Pablo en el Instituto de Astronomía Teórica y Experimental (IATE) que funciona dentro del Observatorio de Córdoba. Sus preguntas de chico aún hoy lo movilizan.

Mientras cursaba, López atendió un kiosco, se disfrazó de payaso para animar fiestas infantiles, hizo encuestas, repartió folletos, fue guía de museo y dio clases de matemáticas (particulares, a domicilio, en una academia privada).

-El principal problema era que los alumnos aparecían justo en la época de finales. O les daba clases y no rendía, o rendía mal, o rendía y no tenía plata. Muchas veces preferí la plata.

La licenciatura le demandó nueve años. Lejos de los estándares que exige Conicet decidió empezar el doctorado sin beca, pagarlo de su propio bolsillo. Necesitaba empleo estable y comenzó a dar clases en una escuela secundaria. En 2017 un grupo de investigadores del IATE ganó un subsidio con un proyecto que incluía otorgar una beca.

-Cuando abrieron el llamado a aspirantes nos presentamos dos chicos de Córdoba y otros dos de Cuba. Al ganarlo tuve que dejar muchas horas del secundario. Invertí la relación: antes estaba todo el día en la escuela, ahora estoy casi todo el tiempo acá.

No todo es trabajo y estudio. También hay vida cotidiana. En la etapa final de la licenciatura armó una banda de cumbia con 11 amigos. Ensayaban apretados en una piecita y llegaron a grabar un puñado de canciones. Cuando el grupo dejó de ser un simple hobby, se separaron. Pero tuvieron un hit inesperado (“Acaba de ser papá y está de caravana”). Pablo descubrió que sus alumnos del secundario lo tararean. No les cuenta que tocó la batería en esa canción.

-Durante dos años todo mi aporte fue hacer tresillos en un platillo, algo muy mínimo-dice sonriente.

En astronomía, como en cualquier ciencia, existen áreas. Quien mira planetas y asteroides no se ocupa de las estrellas ni de las galaxias porque se trata de escalas y dimensiones muy distintas.

-La pregunta que yo me hacía cuando era chico está más relacionada a la estructura a gran escala del Universo, de dónde viene todo. Es apenas una de las preguntas posibles. Por supuesto, al que analiza asteroides también le interesa pero su especialización es mucho más específica.

Como también le interesan otras cuestiones más terrenales, Pablo forma parte del equipo del Observatorio que da talleres en institutos de menores y viaja con un proyecto de telescopio itinerante a pueblos alejados de la capital cordobesa.

Academia y territorio

-Soy investigadora asistente de Conicet, estoy designada como tal pero cobro como becaria postdoctoral porque no se me efectivizó el cargo debido a una serie de situaciones que tienen que ver con la precarización laboral en el ambiente científico- se presenta Gabriela Bard Widgor.

Gabriela es una licenciada en Trabajo Social que tenía cuatro empleos distintos para juntar el equivalente de un sueldo. Su pareja de entonces le sugirió que solicitara una beca de estudio.

-En 2011 el Centro de Estudios Avanzados de la UNC lanzó el Doctorado en Estudios de Género, el primero de América Latina- explica-. Para mí, hablar de estudios de género lo vuelve un concepto academicista, pierde toda la potencialidad política y la trayectoria histórica que surge con el activismo de las mujeres del siglo XIX e incluso antes. Prefiero decir que me dedico a los estudios feministas.

Su enfoque recibe el nombre de decolonial. Rescata aportes de pensadoras latinoamericanas que desarrollan sus ideas en el territorio y ni siquiera pasan por la Universidad.

-Es una visión muy distinta al feminismo hegemónico, eurocéntrico, académico y de clase media.

Mediante entrevistas en profundidad y largos periodos de tiempo en la comunidad, sus estudios se conectan con la militancia que sostiene en barrios periféricos de la ciudad donde investigó las culturas políticas de las mujeres.

-Lo que a mí me interesaba estudiar a ellas les importaba un carajo. Querían hablar sobre violencia de género. Aun así pude comprobar que podían ser autoritarias y ambicionar poder igual que los varones pero tenían tiempos muy acotados, debían ocuparse de los hijos y las tareas domésticas.

Bard Widgor tiene una mirada crítica sobre la estructura y el funcionamiento del Conicet. La organización y los recursos están pensados para personas solteras, jóvenes y, fundamentalmente, varones.

-Todavía predomina un espíritu elitista y casi aristocrático del científico brillante que investiga pese a todos los obstáculos. Esa idea no me representa. Me considero una trabajadora de la ciencia y quiero ser tratada como tal. Ni el Conicet ni la UNC tienen guarderías o lactarios. El rol de las mujeres madres está invisibilizado. Parece que no existiéramos. En la pirámide del Conicet hay una base grande de mujeres que se va cayendo a medida que subís. En los escalafones más altos casi todos son varones.

Gabriela se enoja al explicar que el sistema pide dedicación exclusiva, no puede tener otros ingresos, salvo un alicaído sueldo docente.

-Cuando contamos nuestra problemática algunos nos decían que queríamos vivir del Estado, ¿me estás jodiendo? No tenemos un currículum que le interese al mercado porque nos exigieron una formación académica, sólo podemos insertarnos en instituciones del Estado.

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