'NO HAY VIENTO QUE NOS MUEVA”

08-10-2014

Atrás del mostrador de la carnicería o tomando un matecito en la vereda de su negocio, así suelen encontrar los vecinos de esta localidad del sur de Córdoba a Don Cantoro. “Te voy a decir mi nombre que está sin usar, porque antes de caminar tenía apodo. Me llamo Héctor Oscar Cantoro, pero me conoce todo el mundo como Tuni”.

Trabajador empedernido, se levanta a las 6 para recibir a los proveedores. Luego atiende la carnicería y su mujer hace lo propio con el almacén y la verdulería. El negocio funciona en una de las casas más antiguas del pueblo, del año 1904, frente a la estación del ferrocarril. “Trabajo los siete días de la semana, los 365 días del año, el único momento en que no abro es el domingo a la tarde”. Extendió los horarios de atención porque antes, si alguien necesitaba comprar fuera de horario lo llamaba por teléfono y Tuni abría. “En el pueblo es así”, me explica.

Se declara un agradecido de la vida, que le dio “muchos amigos, tres hijos y siete nietos fabulosos”. Y asegura que le gusta leer, el cine, la pesca y las reuniones de amigos.

Tradición familiar

Tuni nació en Bengolea, al igual que su madre. “Mi padre fue carnicero desde el año ´42 que vino de Ucacha, acá en el sur de Córdoba. Me crié en un pueblo muy chiquito, como era Bengolea hace muchos años, de calles muy tranquilas, de mucha tierra, de poquita luz, pero de gente contenta, que silbaba, que cantaba... algunas de esas cosas se fueron terminando con el progreso”.

Añora los “grupos de amigos que se fueron yendo, porque acá el que se va a estudiar casi no vuelve y vamos quedando los que nos arraigamos en estos pueblos, los que no nos quisimos mover, y cuando nos juntamos 4 o 5 de la misma edad, nos empezamos a acordar de un montón de cosas, es muy lindo”.

Desde septiembre cuenta con “68 materias de la universidad de la vida” aprobadas. “Los que tenemos algunos años añoramos un poco aquel Bengolea, extrañamos cosas como el carnaval, el ferrocarril, cosas que se fueron. Te cuento algo, allá por el año ´58 o´59, como el cine ambulante venía cada vez menos, dos personas del pueblo compraron un proyector. Llegaban las películas y se iban probando. Recuerdo que una se llamaba “El pirata Hidalgo” y otra “Secreto cumbre”. Llegó la noche de la inauguración y no hubo forma de que hubiera sonido, pero la vimos lo mismo. Imaginate una película de guerra y de piratas muda... Nos devolvieron la entrada pero las dieron igual, ¡nadie se movió de la silla!. Y como eso tantas cosas que pasaron, que daría para escribir dos libros”.

Tuni sigue recordando al “Bengolea de antes” que “era un poco como te contaba, en nuestra infancia fuimos libres como los pájaros, no había peligro. Nuestra juventud fue hermosa pero sin nada... los 19 de marzo había un baile en el campo en honor a San José y todo el pueblo iba con el único taxista, Don Mottino, que tenía un Ford ´37. Había muy pocos autos. Para que tengas una idea, cerca del año `58, el doctor Juan Manuel Pereyra, que era el médico de mi pueblo, tenía un Ford A. La escuela primaria lleva su nombre y hoy en su edificio también funciona el colegio secundario. Está hermosa la escuela”.

Historias de Bengolea

La tradición oral sostiene que a fines de 1800 había construcciones aisladas en el lugar. Pero sin lugar a dudas fue la habilitación del servicio del Ferrocarril Central Argentino la que marcó un antes y un después en el crecimiento local. Se toma el día en que pasó el tren por primera vez, 27 de agosto de 1903, como fecha de fundación. El nombre Bengolea, por su parte, deriva del apellido de una familia que cedió terrenos para la creación del pueblo.

“Calculá. Esta carnicería está desde el año ´66 frente al portón del ferrocarril, con una panadería a la par, ¿Quién no vino alguna vez?. Camioneros, maquinistas, personas que a la semana de estar trabajando acá nos conocen a todos. La gente llega y dice: `Don Cantoro, nos olvidamos la parrilla, ¿nos presta una?´, `¿Me podrá hacer hielo en el freezer?´... acá somos todos amigos, todos conocidos”.

Están también los que van al pueblo bucando datos de su familia e inevitablemente llegan de Tuni. “Mucha gente se va, pero después vuelven sus hijos buscando sus raíces, hay muchos que nos vienen a preguntar a nosotros: `¿Dónde vivía mi abuelo, dónde estaba el gallinero?´ y bueno, nos acordamos porque lo vivimos o porque nos contaron. Nos piden una foto, quieren que les describamos todo, viene mucha gente a preguntar”.

Recuerda que pasaba horas escuchando a su madre y a muchos personajes del pueblo que “nos fueron contando cosas y algunos pasábamos mucho tiempo con ellos y llegaba un momento en que no había más luz, se ponía un farol a querosén sobre la mesa y aparecía `don te acordás´. Porque en toda reunión aparece `don te acordás´ y es ahí cuando llegan los momentos lindos, los de reírse y los melancólicos... “te acordás de fulano, de mengano”.

Lo mismo, asegura Tuni, pasa en las reuniones de amigos o cuando va a pescar “Después del asado se empieza el mate, aparece el farol y llega don “te acordás” y sí, a veces pasa que un poco son cosas que se agrandan y un poco son verdades”.

Raíces fuertes

Bengolea es un pueblo de alrededor de 1300 habitantes. “Creció un montón. Por eso hay que agradecer a todos los que pusieron un granito de arena para que el pueblo sea lo que es hoy en día. Se fundaron muchas instituciones que años atrás no existían”.

Cuando vamos finalizando la charla, Tuni dice: “Esa es un poco la historia de mi pueblo, que gracias a Dios está creciendo. Se nos fue la gente del campo, ahí queda muy poquita gente. Como en todo lugar chico faltan cosas, como industrias que traigan trabajo. Al no haber gas natural las empresas no vienen, pero se está tratando por todos los medios de que el gas llegue. Estamos en un pueblo donde gracias a Dios no hay miseria, pero sí necesidad. Nosotros a lo mejor no lo vamos a ver, pero creo que va a llegar el día en que se instalen fábricas en este lugar, que haya trabajo para todos”.

Tuni no piensa irse de este lugar, donde están sus afectos, su gente. “En los pueblos es así, enraizamos y no hay viento que nos mueva, eso es seguro, porque acá está todo lo nuestro”.

Fotos: Miguel Ángel Salusso

El pueblo unido

¿Qué es lo que más le gusta de Bengolea?

“Que te puedo decir... mi pueblo cuando se une, como en los 80 años de la escuela o en los 100 del pueblo, es capaz de hacer muchísimas cosas lindas. Además es muy tranquilo, hay muchas cosas que en las ciudades no se pueden hacer y en los pueblos sí”.

¿Se acuerda de personajes?

“Seguro. Todavía hay un montón de personajes, nada más que no hay más tiempo para escucharlos. ¿Antes que pasaba? Venía un persona del campo en un sulky y siempre se tomaba la vuelta, en el boliche o en el bar, había tiempo para todo. Ahora vienen en auto, te encargan las cosas por teléfono porque tienen mil cosas para hacer ... hoy no alcanza el día”.

¿Algunos nombres?

“Don Alfredo Peyrano agricultor y gran contador de cuentos, don Pedro Rovera que era albañil, don José Passero tenía un bar, `Juanchilo´ era herrero y luego fue camionero. Anselmo “Mura” Carranza, otro personaje que hizo de todo en la vida. Te juntabas con ellos y te reías un montón. Todavía hay de esos personajes pero la gente está en otra cosa, apurada y como te decía, todo se pone más lindo a medida que pasan las horas, el que se queda hasta el último es el que más disfruta”.

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