Ni muros ni globalización financiera: Paz y economía solidaria

17-02-2017

La globalización hegemonizada por el capital financiero concentrado está poniendo en riesgo los acuerdos internacionales en base a los cuales los seres humanos intentamos convivir en Paz, dando lugar a nacionalismos xenófobos y belicistas, que sólo profundizarán las desigualdades sociales y territoriales.

Ello ocurre porque todo el sistema político internacional, laboriosamente forjado luego de las grandes guerras del siglo XX, pierde legitimidad cuando los derechos sociales son groseramente vulnerados y la concentración de la riqueza adquiere grados que afectan la sostenibilidad económica, social y ambiental del planeta.

Migrantes que huyen desesperados de sus países para chocar con los miedos de los habitantes de las regiones más desarrolladas, aumento de la xenofobia incluso en el discurso de primeros mandatarios o de candidatos a serlo, construcción de muros, restricciones arbitrarias a la inmigración, exacerbación de nacionalismos: todo esto no puede menos que evocar las peores experiencias de la historia moderna.

En nuestro continente, el peor ejemplo de esta tendencia es el muro que el gobierno de EEUU quiere construir en su frontera con México.

Justo allí, en esa frontera donde la violencia para evitar la inmigración ya lleva más muertos que el muro de Berlín. A 28 años de la caída de aquel muro que pretendía separar autoritariamente los sistemas, estamos viviendo el apogeo de nuevos muros que pretenden separar con violencia a los pueblos para defender a un mismo sistema.

Tanto entonces como ahora, al construir muros se está reconociendo la propia incapacidad para convivir y por lo tanto la incompetencia para liderar el destino de la humanidad.

Si se quieren evitar las tensiones entre Estados, y con ello la violencia y la guerra, es necesario disminuir la brecha de desarrollo entre estos y generar condiciones para el efectivo ejercicio de los derechos sociales por parte de los habitantes de cada territorio nacional.

Esto no es una novedad, es el aprendizaje que duramente hizo la humanidad en el siglo XX y que hoy está en riesgo por haber dejado las riendas del mundo en manos del capital concentrado.

La Carta de Naciones Unidas, aprobada en junio de 1945, en la salida de la Segunda Guerra Mundial, manifestaba que había que “crear las condiciones de estabilidad y bienestar necesarias para las relaciones pacíficas y amistosas entre las naciones” y que para ello se promovería “niveles de vida más elevados, trabajo permanente para todos, y condiciones de progreso y desarrollo económico y social” (Artículo 55)

Poco después, en diciembre de 1948, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, estas obligaciones asumidas por los Estados son reconocidas como derechos de cada miembro de la familia humana. En particular toda persona tiene derecho a obtener mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional “la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad” (Art. 22), e incluso tiene derecho a que “se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos” (Art. 28).

Todas estas obligaciones de los Estados y derechos de las personas son finalmente perfeccionados por el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, aprobado en 1966 y en vigencia desde 1976.

En suma, estos acuerdos internacionales reflejan los consensos logrados a costa de sufrir la hecatombe de las dos guerras mundiales, y señalan la necesidad de garantizar los derechos sociales de todos los seres humanos como fundamento para lograr la paz, y que esto es un derecho que cada mujer y cada hombre puede reclamar a todos los Estados y a la cooperación internacional. (Seguir leyendo)

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