A principios del siglo XX La Pampa era un inmenso territorio de casi ciento cincuenta mil kilómetros cuadrados apenas poblado y la futura ciudad de Santa Rosa era una pequeña localidad de unos pocos vecinos. El suministro de la energía eléctrica en la zona estaba en manos de una empresa de capitales estadounidenses, la Sudamericana, que imponía a los usuarios una tarifa abusiva equivalente a diez veces su valor real.
La situación se prolongó y el costo de la energía conspiraba contra el desarrollo de actividades productivas. Debido a esta situación los pobladores decidieron crear una cooperativa eléctrica, trabajaban con una fecha en mente: octubre de 1935 ya que allí era la renovación de la concesión.
La Cooperativa se presentó a la convocatoria con una oferta inferior a la realizada por Sudam por lo que la comuna le otorgó la distribución. Los enemigos de la entidad pensaron que sería imposible montar una unidad de generación capaz de abastecer a la población. No se equivocaban. El mercado de motores generadores resultaba inalcanzable. Llegó septiembre de 1935 y no se contaba con los motores para garantizar un buen servicio debido a maniobras distractivas y falta de cumplimiento de los proveedores.
¡Más leña al fuego!
Es así que desesperados, los cooperativistas recurrieron al ingenio popular que no tardó en rendir frutos. Alguien sugirió emplear los motores de los tractores de las viejas trilladoras que se habían utilizado hasta fines de siglo en las campañas cerealeras y que ya habían sido dados de baja por obsoletos o por la crisis de la actividad agrícola.
Así recorrieron la campaña hasta que localizaron dos tractores en relativamente buenas condiciones. Con ellos en su poder acuden a un viejo mecánico de apellido Savioli para que los ponga a punto y en condiciones de operar.La Compañía sudamericana anunció que no entregaría las redes eléctricas, que han pagado los vecinos, y al mismo tiempo el gobierno decidió un virtual estado de sitio para impedir que los pobladores puedan converger en una concentración popular convocada para respaldar la sesión de la comuna que debía considerar la nueva situación. Mientras los trabajadores de la que con el tiempo habría de conocerse nacionalmente como "la usina de las trilladoras" apuraban las tareas para suministrar electricidad a la medianoche, los vecinos se agolparon frente a la municipalidad para seguir de cerca las alternativas del debate. Nadie se dejó intimidar por los uniformados apostados en los sitios estratégicos del poblado.
Al cabo de algunas horas la tensión fue en ascenso y se incrementó aún más cuando los representantes del pueblo ratificaron la legitimidad de la flamante cooperativa y la propiedad de los tendidos eléctricos. La Sudam, especulando con la imposibilidad de la CPE de hacerse cargo de la responsabilidad interrumpió el suministro.
Los operarios realizaron las correspondientes conexiones y procedieron a alimentar ininterrumpidamente las calderas de las trajinadas máquinas. Luego, hubo algunas chispas, las luces titilaron, se apagaron y volvieron a encenderse hasta que, finalmente, la luz se estabilizó ante el festejo de los pobladores.
Luego de algunas breves interrupciones motivadas por sabotajes en las líneas, el triunfo de la "usina de las trilladoras" fue inapelable.
Incorporada al uso cotidiano queda una expresión de aquella gesta, alude a las bajas de tensión que se producían cuando faltaba fuego en la caldera de aquellos motores. Muchas veces la tensión caía y las luces disminuían dejando a las tertulias o reuniones en penumbras. En esos momentos, muchos de los vecinos salían a la calle y gritaban al unísono: “¡Leña Savioli!”. Frase que era escuchada por los fogoneros los cuales apuraban su trabajo y la tensión volvía rápidamente a sus valores normales.
En Santa Rosa ahora la frase es un estandarte y se emplea cada vez que es necesario tomar coraje y sumar el empuje popular.





