La violencia de género 'no es el problema de una minoría”

20-07-2017

Por Candela Ahumada y Eloí­sa Oliva

Redacción UNCienciaEn una extensa charla con UNCiencia, de la que presentamos aquí­ un fragmento, Segato analizó la violencia de género en la academia y en el contexto más amplio de las ciudades. "El terror femenino que estamos viviendo en Argentina es síntoma de un momento desesperado del mundo", asegura, y advierte que "el problema de las mujeres no es el problema de una minoría; se presenta de ese modo porque se pretende un tema particular, pero es un problema general, que incluye también a los hombres".

Las universidades se han constituido en escenario de análisis entre las investigaciones sobre violencia de género, precisamente porque allí­ se ha incrementado la violencia, según vos misma has señalado. ¿Cómo interpretás que episodios de este tipo se multipliquen en la universidad?

Es un problema muy serio que enfrentan las universidades. En mi universidad [Universidad de Brasilia], en 2016 hubo un femicidio dentro del Laboratorio de Biologñ­a, y un suicidio de una joven que denunció haber sido acosada por un profesor prestigioso de la Facultad de Derecho. Al suicidarse, la chica dejó una carta en la que dijo que se quitaba la vida debido a la persecución permanente que sufrió como estudiante, y continuó después durante la búsqueda laboral. Entonces, qué sentido tiene poner fe en las instituciones.

¿Qué lectura hacés detrás de ese hecho concreto?

Eso demuestra que los espacios de los que menos sospecharíamos, en los que supuestamente trabaja la gente más ilustrada y formada, están cruzados por la violencia machista. Allá­ los hombres también son víctimas de un mandato, de la obligación de una obediencia a un comportamiento masculino. Todos los dí­as los hombres tienen que demostrar que son sujetos viriles. Un sujeto potente, poderoso, controlador, y con capacidad de algún grado de dominación.

¿Cómo ves la problemática de género en el mundo académico?

El aula universitaria es el lugar del gozo autoritario del profesor. Lo he visto con mis colegas. Y es un gozo miserable, donde cada uno construye su pequeño reinado. Empieza por ahí, es una pedagogía del autoritarismo. Para mucha gente insatisfecha y muy frustrada, es ahí­ donde repone sus fracasos. Max Weber decí­a que la vida académica es el lugar donde las personas perciben su mediocridad, perciben su propio límite intelectual. Es un ambiente de gran resentimiento. Creo que la agresión y la violencia surgen del resentimiento, de cuando las personas perciben su límite respecto de su capacidad de tener un espacio de control en el mundo. La violencia de género también surge de la frustración masculina.

La ciudad, ese espacio hostil

Para Segato, las ciudades se presentan como territorios hostiles para las mujeres, difíciles de transitar, donde la vida corre peligro. Una violencia urbana que trasciende la ciudad, y se conecta con su historia y el modo en que fue concebida, con el concepto de ciudadanía y de participación en el espacio público. "Siempre digo que el Estado tiene un ADN patriarcal - apunta. Por lo tanto, lo público tiene ese ADN patriarcal". Quizás por ello desconfía del Estado y las instituciones, y pone el acento en la lucha y las reivindicaciones de las organizaciones sociales y los movimientos feministas. "Nunca hubo más leyes ni más instituciones que ahora, y sin embargo, estamos cada vez peor", asegura.

¿Consideras que las ciudades latinoamericanas son espacios habitables para las mujeres?

La gente que trabaja con la cuestión racial habla de racismo ambiental. En Ciudad Juárez (México), por ejemplo, he visto a mujeres llorando por el miedo a tener que atravesar las calles en la noche al salir de trabajar en las fábricas. Ese es un caso extremo. Pero otros espacios urbanos, menos difíciles, también se vuelven fuertemente hostiles.

¿Cómo se constituye el espacio público desde la perspectiva de género?

Las mujeres no somos dueñas de lo público, no somos exactamente ciudadanas. En Latinoamérica, no somos exactamente personas. Tenemos que hacer una serie de adaptaciones, de operaciones de travestismo, para simular una participación en el espacio público y en la institucionalidad.

¿Cuál sería un ejemplo de esta mutación que debe hacer la mujer diariamente?

Tiene que ir ocultando el cuerpo. A diferencia del hombre, la mujer tiene que demostrar todos los días que es un sujeto moral, porque no lo es naturalmente. Cuando el hombre sale a la calle, no encara la duda sobre su moralidad. Moral en un sentido cívico, de un sujeto ciudadano, merecedor de respeto y reconocimiento. Nosotras tenemos que hacer una serie de operaciones frente al espejo: cada mañana, pensar si la pollera es corta, si es mucho maquillaje, si se nota. Toda una serie de operaciones que son automáticas en la mujer para poder entrar bajo el ojo público y que no haya duda sobre su moralidad, para poder conseguir respeto. El conseguir respeto es un esfuerzo para la mujer, para el hombre no.

¿Cómo analizás el recrudecimiento de la violencia contra la mujer en América Latina?

Siento que estamos viviendo en un espacio muy semejante al de los fundamentalismos islámicos, donde la mujer no tiene libertad de circular en el espacio público. Desde hace algún tiempo, un año exactamente, tengo la sensación de que un tipo de fundamentalismo cristiano y monoteísta está siendo introducido en nuestras sociedades. Y fundamentalismo y guerra son sinónimos. Creo que esta victimización sobre las mujeres forma parte de una agenda de poder. El poder no es observable directamente, no se puede observar cómo el poder planea la vida para nosotros, pero podemos inferir la existencia de agendas de poder, por síntomas. Y una de ellas tiene que ver claramente con lo que está aconteciendo con la situación de las mujeres y ese ambiente de miedo que hoy nos rodea. Desde Estados Unidos hasta la Argentina hay, además, una escena presidencial común que emerge, la escena mujer perro faldero, mujer caniche de exposición. Eso no era así­ hasta hace muy poco. Y no es casual.

¿Dónde buscamos soluciones?

Nunca hubo más leyes, más instituciones y más debate que ahora y, sin embargo, estamos cada vez peor. La sociedad ha abandonado su papel, se lo ha entregado al Estado. Y eso fue un grave error de los movimientos feministas. Las soluciones siempre vienen de la sociedad, no hay que depender del Estado, porque muy a menudo nos termina traicionando. Quiero ser clara: no hay que abandonar el campo de la lucha estatal y de las instituciones, pero está demostrado que eso no basta.

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