Carlos “Chichí” Casas levanta el brazo para mostrar la traza del antiguo Camino Real al Alto Perú, y deja entrever el facón. Son las 11 y el sol pega lindo en Villa del Totoral. Frente a la casa paterna hay una calle y, cruzando, sigue el campo. Hay caballos, gallinas y un elemento que sobresale a la llanura: el mástil con la bandera Argentina.
Recién llegada de Córdoba capital, rápidamente percibo lo que para los Casas es cotidiano y para mí, un paraíso. La calle de tierra, el sonido de los pájaros, la ausencia de edificios, los perros sueltos y el horizonte que puede verse lejos. “Cuando éramos chicos todo esto era monte”, dice Chichí señalando alrededor.
Explica que nació en El Garabato, un paraje a 7 kilómetros y muestra la foto de la familia completa, los 9 hermanos junto a sus padres.
Llega su hermano Francisco “Pancho” Casas vestido de camisa, bombacha de gaucho, pañuelo al cuello, boina y su respectivo facón, pero quien sigue hablando es Chichí.
En el pueblo ya nos habían explicado que la palabra del mayor siempre prevaleció en la familia.
Nos sentamos afuera, a la sombra. No veo a dos hombres, veo a dos guardianes de la tradición. El mayor tiene 74 y da la impresión de ser un hombre duro, de manos curtidas y carácter fuerte. A pesar de eso, cuando habla del sacrificio de su padre se emociona. “Ustedes van a salir de barba y bigote, pero van a terminar el sexto grado todos”, les había dicho don Pedro, y así fue. Como era muy difícil el traslado para ir a la escuela, Don Casas decidió mudarse con su familia cerca del pueblo, a unos metros del Camino Real.
Chichí colaboró con la construcción de la casa familiar, la que vemos hoy a sus espaldas. “Cuando éramos chicos no había tiempo para el juego, cada uno tenía su tarea. El que no buscaba la vaca lechera, tenía que cuidar unas ovejitas o traer los animales para tirar el sulky. En mi caso, mi papá me traía para levantar la casa. En cada una de estas piedras está su impronta”.
Para ellos, las tradiciones familiares “tienen que ver con la educación, el respeto y todo lo que nos inculcó nuestro padre. Es como quien dice, algo que se lleva en la sangre”. Hay que preservarlas, “porque atrás nuestro vienen muchos. Hijos, nietos, sobrinos, es importante para que no se terminen todas estas costumbres que nos legaron”.
Cuando eran chicos, Pancho era el que se encargaba de ordeñar las vacas y repartir la leche. Hoy es la cabeza de la agrupación gaucha La Posta de Pedro Casas de la que, explica, “participan algunos de nuestros hermanos, hijos y sobrinos. Cuando nos invitan a desfilar para las patronales o las fiestas patrias somos alrededor de 12 personas”. Le pregunto los requisitos para desfilar, a lo que rápidamente responde que “los caballos tienen que ser mansos, bien presentaditos. Hay agrupaciones que se visten todos iguales, pero nosotros no, nada de que nos vengan a poner otro traje. Usamos lo que cada uno tiene, nosotros nos vestimos como nos enseñaron nuestros padres y si uno no tiene botas, va de alpargatas. Usamos también camisa, cinturón, boina o sombrero”.
Pancho cuenta que desde chicos aprendieron a preparar los caballos para la jineteada. “El caballo tiene que ser chúcaro... lleva mucho tiempo hasta que esté listo, hay que andar... y bueno, cada cual con su deporte”. Luego toma un ají y lo lleva a la boca, tiene varios en el bolsillo, su hermano también. Otra de las costumbres de los Casas.
Boliche turco
Además de la historia de la familia, la casa que construyó Chichí con su padre guarda infinidad de anécdotas. Ahora el mayor vuelve a tomar la posta: “Allá donde yo soy nacido, mi padre tenía un bolichón de campaña y cuando vinimos, lo trasladó acá. Venían los hacheros y todos los que trabajaban en el campo a tomar un vinito, jugar a las cartas o a la taba. Eso sí, como fue siempre una persona muy recta, se hacía respetar. Si se armaba algún bochinche, los ponía a todos en vereda. La gente que vivía en el paraje venía a comprar la mercadería porque también vendía fideos, azúcar y otros productos como para salir del paso. Bolichito turco le llaman, tenia de todo un poco”.
No sólo quienes trabajaban en el campo. También Jorge Cafrune y María Kodama estuvieron en ese lugar. “Ella tomó vino en un vaso enlozado de medio litro, como el que usaban todos, es lo que teníamos acá”.
Don Pedro sabía tocar la guitarra, así que “los fines de semana se armaba el baile, dejaban los sulkys, la caballada, todo acá afuera. Funcionó hasta que se fue modernizando todo y quedaron los viejitos, que se empezaron a ir”.
Y tal como el padre lo dejó, así quedó, “lo que es de madera se va rompiendo, pero nada se vendió”, sostienen los Casas.
Vale la pena detenerse
Sin duda, Totoral es un lugar donde vale la pena detenerse. Un sitio que se reparte entre ondulados campos, huellas indígenas y distinguidas casonas. Un lugar que supo ser el refugio de Pablo Neruda y Rafael Alberti en tiempos de exilio y cuna del reconocido pintor Octavio Pinto, cuyo museo alberga la mayor parte de sus obras.
También fue un paso obligado en el Camino Real al Alto Perú, entre las postas Tala y Macha. Es más, los hermanos Casas cuentan que “las diligencias pasaban por ese camino de la esquina y buscaban una huella en lo más escabroso del monte, debe ser porque así estaban más cubiertas del indio, vaya a saber. Esas son las historias que contaba la gente de antes. En el monte más espeso que había, ahí tenían una senda, nada más”.
La localidad, cuyo nombre se debe a la estancia de San Esteban del Totoral, por la cantidad de platas de totoras que había en la zona, hoy tiene 10.000 habitantes y caminando sus calles puede realizarse un recorrido por la historia. Desde las 150 casonas (la más antigua data del 1626) hasta su costanera, donde se observan los morteros de los comechingones. Vestigios de esa civilización también pueden verse en el cerro La Cruz. Todo esto hace que desde la localidad se impulse el turismo. En relación a esto, unas cuadras más allá de donde viven los hermanos Casas se encuentra Camino Real Plaza Hotel, un emprendimiento de la cooperativa de servicios públicos que se consolidó como opción hotelera en la zona.
Totoral se viste de fiesta para Semana Santa y para las patronales de octubre en honor a la Virgen del Rosario. Las artesanías y gastronomía también le aportan su sello. Son famosos los embutidos, licores artesanales y las colaciones, que son un emblema del lugar.
Definitivamente si va por la ruta 9 deténgase un momento, pase y vea.
UNOS VINITOS DE MÁS
El 14 de agosto Chichí festejó sus 74. “Tengo 2 cumpleaños. Porque yo nací en el campo y vinieron a anotarme al pueblo. No sé si el que me anotó estaba con unos vinos de más o qué, pero me anotó el 12 de agosto. Mi madre me dijo que nací dos días después, así que celebro mi cumpleaños el 14”.





