Alejandro Mareco | Periodista
En este mismo momento, en cualquiera de los momentos, no sólo en la lejanía del mundo o en los rincones silenciosos de la ciudad sino en lo más cercano de la comunidad que nos rodea, una mujer está a punto de sufrir violencia, desde la que aparenta ser otra cosa hasta la más desaforada que le cuesta la vida.
No importa su clase social, su edad, su historia personal, si antes le contó a un policía o a un fiscal que tenía miedo, si lo sabe su barrio, su familia, si no lo sabe nadie. Incluso, a veces no lo sabe ni siquiera su conciencia de mujer, en tantos casos tan saturada por los mandatos de dependencia, silencio, vulnerabilidad, debilidad.
Está sola e impotente, como si nadie alrededor, hasta una sociedad entera, pudiera rescatarla.
Cada 25 de noviembre, desde hace 25 años, se conmemora el Día Mundial por la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, establecido por la Organización de Naciones Unidas (ONU).
La fecha fue puesta como homenaje a las hermanas Mirabel (María Teresa, Minerva y Patria), asesinadas cruelmente el 25 de noviembre 1960 por orden del dictador Rafael Trujillo, en República Dominicana, quien seis meses después tendría el mismo fin.
Aquel fue también un crimen político. Pero en las luchas, en la guerra, en la paz y en lo más sencillo de lo cotidiano las mujeres padecen la violencia con una dosis extraordinaria de ensañamiento. Y el manotazo contra ellas abarca cualquier tipo de manifestación: física, sexual, psicológica, económica, cultural.
En Argentina, particularmente en lo que va de esta década, la violencia de género en su versión más tremenda alcanzó la gran dimensión de un profundo trauma de la sociedad, que asistió estremecida a un asesinato tras otro.
Hasta que se puso de pie una gran reacción expresada a través del paso de multitudes por casi todas las ciudades, portando bien alto la consigna “Ni una menos”. Sucedió por primera vez el 3 de junio de 2015: entonces, cientos de miles de mujeres se lanzaron en todo el país, incluso acompañadas por hombres.
Desde entonces la conmoción y la lucha quedaron en pie: estas mujeres en marcha cargan el ánimo de este tiempo.
Fue demasiado dolor, demasiado desgarro frente a las tragedias que salían a la luz de las noticias una y otra vez lo que comenzó a poner las cosas en otro lugar.
Mientras tanto, hay preguntas que nos siguen interpelando: ¿qué sentimos cuando sentimos tan cerca la tragedia de una mujer acorralada, aplastada por la violencia de género?
¿Cuánta soledad, cuánto desamparo siente una mujer cuando le cae encima el manotazo despiadado de un odio feroz que la condena a morir por el pecado de ser mujer, sola y desamparada frente a la necedad de la fuerza?
Son múltiples los motivos con los que se podría pretender explicar el asesinato de una mujer, de cada una: locura, celos, despecho, resentimiento, egoísmo, alcohol, drogas, infancia violenta.
Pero hay algo más general y trágico en estos episodios de violencia de género, las mujeres han muerto precisamente por su condición de mujer. Y eso responde a algo mucho más profundo.
Es que esos crímenes están empapados de retorcimiento cultural y esa es la gran encrucijada: enfrentar un estado de cosas que sigue poniendo a la mujer en una situación de desventaja, de debilidad (nada tiene que ver lo físico), de propiedad.
Un padecimiento desplegado en el mundo
Un informe de las Naciones Unidas actualizado en agosto de 2017 estimó que el 35 por ciento de las mujeres de todo el mundo ha sufrido violencia física y/o sexual por parte de su compañero sentimental o violencia sexual por parte de una persona distinta a su compañero sentimental en algún momento de su vida.
Ese porcentaje, sin embargo, en algunos países puede llegar a un 70 por ciento, según los estudios nacionales.
También señala que las mujeres que han sufrido maltrato físico o sexual por parte de sus compañeros “tienen más del doble de posibilidades de tener un aborto, casi el doble de posibilidades de sufrir depresión y, en algunas regiones, 1,5 veces más posibilidades de contraer el VIH, en comparación con las mujeres que no han sufrido violencia por parte de su compañero sentimental”.
El informe también estima, según las cifras de 2012 a las que recurre, que en prácticamente la mitad de los casos de mujeres víctimas de homicidios en todo el mundo el autor de la agresión fue un familiar o un compañero sentimental, frente a menos del 6 por ciento de hombres que fueron asesinados.
Otros datos dicen:
El 43 por ciento de las mujeres de los 28 Estados miembros de la Unión Europea ha sufrido algún tipo de violencia psicológica por parte de un compañero sentimental a lo largo de su vida.
Según una encuesta de 2016, más de 1 de cada 4 mujeres en Washington DC (Estados Unidos) han experimentado algún tipo de acoso sexual en el transporte público.
Más de 750 millones de mujeres que viven actualmente en todo el mundo se casaron siendo niñas, con menos de 18 años de edad. El matrimonio infantil es más común en África Occidental y Central, donde más de 4 de cada 10 mujeres se casaron antes de cumplir los 18 años y alrededor de 1 de cada 7 estaban casadas o viviendo en pareja antes de los 15 años.
Unos 120 millones de niñas de todo el mundo (algo más de 1 de cada 10) han sufrido violaciones u otro tipo de relaciones sexuales forzadas en algún momento de sus vidas. Con diferencia, los agresores más habituales de la violencia sexual contra niñas son sus maridos o exmaridos, compañeros o novios.
Al menos 200 millones de mujeres y niñas que viven actualmente han sufrido la mutilación genital femenina en los 30 países donde existen datos de prevalencia representativos. La mayoría de las niñas fue mutilada antes de cumplir los cinco años.
Las mujeres adultas representan el 51 por ciento de las víctimas de trata de seres humanos detectada a nivel mundial. En conjunto, las mujeres y las niñas representan el 71 por ciento, siendo las niñas casi tres de cada cuatro víctimas infantiles de la trata. Casi 3 de cada 4 mujeres y niñas víctimas de la trata lo son con fines de explotación sexual.
Una reacción revulsiva
Un largo camino por el infierno han llevado las mujeres. Han sido consideradas apenas como aparatos reproductivos, como las culpables del pecado original, las diabólicas agitadoras del deseo, las incapaces para asumir asuntos públicos, para conducir el destino colectivo; las depositarias de lo superfluo; objetos de entretenimiento, sujetos decorativos de los hombres. Y siguen tratando de quitarse de encima esas piedras con que aún son lapidadas.
Y hay muchos síntomas de que siguen siendo tratadas de ese modo. Asoma hasta cuando se cuentan como hazañas hechos en los que asumen tareas supuestamente privativas de los hombres, como si fueran niños que por fin aprenden a caminar. Pasa que en la mayoría de los casos no las han dejado caminar.
No se trata de la mujer en el mundo de los hombres, sino de un mundo de hombres y mujeres en la misma situación de equidad.
La mujer ha soportado el peso de una cultura adversa -no es la naturaleza la que la puso en ese lugar- y eso es lo que ha debido salir a conmover.
Entonces, ¿estos crímenes que desde hace un tiempo llamamos femicidios son aquellos mismos que tiempo atrás las crónicas policiales clasificaban como “pasionales”? Claro que la pasión terminaba siendo casi siempre desventura homicida sólo para las mujeres.
Lo más posible es que la abundancia de capítulos aciagos esté expresando, de un modo u otro, una revulsiva reacción ante algunas dificultades de asumir y de comprender la facultad de vivir y decidir sobre sus vidas de un modo independiente que las mujeres han venido afirmando paso a paso en las últimas décadas.
Porque los habitantes de este tiempo y de las décadas que nos precedieron asistimos a una de las mayores revoluciones que ha vivido la humanidad: el ascenso de la mujer a la escena pública y su creciente protagonismo en las decisiones que hacen al destino colectivo.
Pero aún sigue chocando contra muros culturales y mentales. Es que la violencia de género se sustenta en una concepción que le escamotea a cada mujer la porción de humanidad que le corresponde, que le niega la completud de su ser único, independiente, irrenunciable.
La conciencia necesaria
De todos modos, los conceptos culturales que atañen a la convivencia entre los géneros han sido profundamente sacudidos. Los cambios siguen siendo tan vertiginosos que ya no se registran de una generación a otra, sino dentro de una misma vida. Es un hecho: ya no vemos -sentimos, vivimos- las cosas del mismo modo que apenas hace unos años. Es decir, el cambio puede pasar por cada uno de nosotros, y esto incluye a hombres y también a mujeres.
Las personas pueden modificar sus maneras de actuar cuando comprenden.
Y para eso no sólo alcanza con endurecer las leyes, mantener despiertos a los juzgados y a las comisarías y distribuir botones antipánico. Se trata también de llegar a lo profundo de las conciencias a partir de la educación: en las escuelas, en las instituciones sociales, a través de campañas públicas que ayuden a soldar la idea del respeto esencial.
La condición agravante en los procesos judiciales, la figura del femicidio, es un paso adelante en la legislación, pero aún es arduo el camino hacia una concientización general.
La afirmación de esta transformación cultural es la que hay que sostener. Por eso son tan retardatarios y peligrosos los mensajes y las manifestaciones que insisten en mirarla sin respeto ni valoración.
Es urgente seguir modificando paradigmas. Causa estupor que se cuestione a las víctimas de crímenes por estar vestidas de determinado modo. Y no son sólo los hombres a los que se les pide estar atentos a estos viejos prejuicios que vulneran la libertad, la integridad, sino también incluso a muchas mujeres.
Los manotazos de la violencia de género y los dramáticos episodios de femicidios que rasgaron lo profundo de la comunidad le dieron cuerpo a una reacción que atravesó las calles y dejó plantada en la sociedad mucho más que un grito desgarrado: la consistencia de una conciencia que avanzaba por los poros de la convivencia común.
Las mujeres ya no caminan solas y el poder de marchar juntas quedó tendido, como se vio incluso en la marea verde en la pelea por aborto legal, seguro y gratuito.
Sólo un estado de conciencia colectiva hace posible que a las luchas les sigan las transformaciones.
Por eso se trata de decir basta de mensajes que alimenten el concepto de la mujer como cosa desprovista de condición humana, como una propiedad del hombre. Basta de no escuchar a las víctimas, de llegar tarde a la hora de la tragedia. Basta de esperar el próximo femicidio.
Basta de hombres que se sientan con derecho de tomar para sí la porción de humanidad de ninguna mujer.





