LA PASIÓN DE UN CREADOR

26-08-2016

Luego de una trayectoria de varias décadas, Julio Chávez trasmite dos cosas paralelas y convergentes. Ha crecido mucho aunque se lo ve y siente igual.

No sé... Sí estoy crecido, no sé si estoy como siempre. ¿Qué otra opción tendría, haberme transformado en qué?

Hay quienes se la creen, se cholulizan...

Pasa que siempre he tenido muy buenos maestros y muy ambiciosos modelos. Yo tengo la dicha de querer y obtener, y eso es un buen alimento sobre todo si querés algo que yo considero que está bueno para el alma, para el trabajo, para el oficio. Yo he querido aprender, y he podido y puedo aprender, y he querido maestros y me han dado los maestros. Y he querido un oficio, y el oficio se me ha dado. Entonces siento que golpeo la puerta, trabajo para que se me abra y la puerta se abre. Brego, lucho para entender algún aspecto del funcionamiento, de la mirada, y por suerte tengo mucha gente que me aconseja y me guía y siempre he sentido que mis preguntan se alimentan de respuestas muy nutritivas y muchas veces más nutritivas que el alimento que yo creía tenían, he recibido más de lo que pensaba que necesitaba. Frente a eso, dejar que mi ego coma de cualquier comida...

Ese es el peligro, ¿no?

Al ego siempre hay que alimentarlo, después lo que cada uno le da de comer es algo muy personal. Hay gente que ha crecido enormemente en el oficio y su ego o su divismo ha crecido de la misma manera. Bueno, no será simpático, depende de lo que cada uno crea. Hay personas que necesitan eso para sostener alguna otra cuestión o a lo mejor es una manera de vincularse inclusive con uno mismo. Yo he comprobado que el divismo es una suerte de enojo también, porque el alma sabe que eso en algún momento se va, que eso es una ficción, entonces uno se enoja de antemano, uno sabe que le van a quitar la corona así que está resentido cuando aún la tiene. ¿Pero si todavía tenés la corona, por qué estás tan resentido, tan irritado? Yo creo que el alma podría contestar 'porque sé que la voy perder', no sé... En ese sentido lo que me sorprende es que sigo teniendo la misma alegría y la misma fe en el vínculo que se establece con el deseo de conocer; eso en mí está muy vivo. Esto también tiene sus aspectos negativos, a veces estás un poco aislado...

Vos siempre fuiste así...

Sí, tengo esa tendencia. Pero con los años hubiera podido cambiarla un poco... De todos modos, estas son cosas muy poco importantes. Somos una generación demasiado egomaníaca, de preguntarse quién es uno, y uno, y uno... No tiene tanta importancia si uno es cerrado o abierto. Me parece más trascendente, cuando te enfrentás a la historia de vida de un ser humano, tratar de ver cuáles son sus principios, qué construyó en base a ellos, cómo vivió, cómo tuvo que lidiar con una época, una circunstancia, con cuestiones azarosas...

Chávez es un actor que se formó y desarrolló desde el teatro. De a poco, como explorando, se aventuró en el cine. Con reconocimientos importantes en los dos ámbitos, recién llegó al público masivo de la televisión bien avanzada su carrera. Da la sensación de que le ha gustado...

Mucho, muchísimo. Todo depende del vínculo, los prejuicios y del programa al que llegás. Yo salí despedido de la televisión entre el ´78 y el ´80 claramente en términos de mi incompetencia para resolver los problemas que me planteaban los programas para los que me habían llamado. Por un lado, no podía resolver las cuestiones técnicas que me pedían, y por otro no estaba en condiciones de dejar que ellos me enseñaran cómo se resolvían. Estaba en una situación muy complicada: yo no puedo, pero cómo ellos los resuelven tampoco me gusta. Entonces no acepté construir el aprendizaje de un molde según el cual se trabajaba, pero nunca lo critiqué. Sólo seguí el compromiso de continuar formándome en la dirección que había elegido. Estuve apartado de la tele durante décadas. Jamás establecí ningún tipo de conflicto, sólo aparecía, chequeaba si podía y me retiraba. Ese fue el vínculo que tuve hasta que sentí que empezaba a tener un instrumento con el que podía crear mi expresión. Y así fue. Cuando entré a la televisión empecé a sentir que -como siempre creí- no es un espacio con problemas, los problemas están en las personas que lo habitan, ningún espacio es problemático en sí mismo.

Vos solías construir minuciosamente tus personajes, inclusive a través del estudio de personas reales. ¿Lo seguís haciendo?

Lo sigo haciendo, pero no ya para 'un' personaje. Lo hago más como juntador de experiencias; ya es una mirada que se ha desarrollado en esa dirección y todo va a una suerte de google personal. Por supuesto que si me aparece algún rol del que todavía no tengo mucha claridad, lo vuelvo a poner en práctica.

¿Te pasó con El Puntero?

No, porque ahí se me apareció claramente una mezcla del Cacho Castaña de cuando yo era chico con un fletero...

Pero su entorno no era ni del uno ni del otro, era la villa.

Pero la villa ya es otra cuestión. Está y yo no tengo nada que construir ahí. Yo me alejé mucho de darle a la villa una trascendencia porque no tenía ganas de estar comunicando que yo como actor 'estaba tomando contacto con'... Mi conflicto más grande -en términos de aprendizaje- es que no tenía ganas de sentirme de golpe ni bueno ni comprensivo, de que en mí se despertase una cuestión demagógica de entendimiento, la cuota necesaria burguesa para poder comer a la noche en paz. Cuando grabábamos en ese barrio ahí en Tigre, todo el tiempo era muy agotador poner cara de comprensivo, -como actores, digo-. Respetar por miedo es espantoso. El respeto no tiene por qué surgir del temor, onda que 'si ven que uno mira con respeto no te hacen nada'; yo miro como miro, yo miro con respeto, no tengo que mirar con cargo de conciencia. De la misma manera que si una persona viene no me tiene que pedir con voz lastimosa que necesita plata, yo entiendo lo que necesita y me lo puede decir así nomás, 'dame algo que necesito', y no ponerme un tono plañidero. Por eso para mí fue una experiencia enormemente enriquecedora. Y como se estableció empatía, eso se percibió. Entonces hoy todavía, los pibes que pasan por la puerta de mi casa y son cartoneros, me saludan como si fuese un hermano de ellos. Esas son cosas del oficio que te impresionan profundamente.

Yo soy mi propia mujer”

Cae el Muro de Berlín y un norteamericano conoce, en la parte oriental de la ciudad, a Charlotte von Mahlsdorf, una travesti que había sobrevivido al nazismo y al comunismo, coleccionista de muebles y objetos de las últimas décadas del siglo XIX, dueña de un museo. A su regreso a Estados Unidos, el hombre comenta al dramaturgo Doug Wright la existencia de la travesti. En 1993, Wright vuela a Alemania. La conoce, la entrevista, la ama, la descubre. Y transforma ese encuentro en obra de teatro: “Yo soy mi propia mujer”. Con la puesta en escena de Agustín Alezzo, Julio Chávez repuso esta obra multipremiada y ahora está llevándola de gira por buena parte del país. Vale la pena disfrutarla.

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