Por Alejandro Mareco
Revista COLSECOR | DIC
En los confines del sur, el luminoso humor de diciembre apura el amanecer y empuja la oscuridad que censura la tarde. Pero, aunque corralada, la noche no se cierra sobre sus sombras sino que se abre al entusiasmo de los días: soplos de la siempre amurallada intimidad familiar se lanzan hacia la calle y por las hendijas de las persianas los abetos vestidos de Navidad sostienen hasta medianoche su multicolor parpadeo.
Ya los anuncios de verano y vacaciones agitan el pulso de diciembre. La ansiedad se inquieta en la espera del final del almanaque donde los números en rojo marcan un hito que involucra a todo un hemisferio cultural sobre el que sobre el que se asientan estas ciudades, estas casas.
Primero la Navidad, legado de la tradición cristiana; después, a una semana de distancia, la bienvenida al Año Nuevo. Cada uno tiene su argumento distintivo, pero en el sabor de las mesas familiares se reúne como capítulos separables de un mismo acontecimiento: las Fiestas de fin de año.
Saludar un nuevo comienzo
¿Cuál es la inquietante sustancia que se respira en el aire de finales de diciembre? ¿Qué es lo que hace a las sensaciones vibrar en una sintonía intensa? ¿De dónde viene semejante ansiedad? En estos días, los rostros, los gestos se ofrecen y se sienten más, abundantes, generosos, vitales. ¿Será eso parte del renombrado espíritu navideño?
La sensación es que los días, las vidas ingresan en algo así como en un estado de suspensión por razones de un mandato que no suele ser sencillo de desentrañar, como todos los mandatos.
Pero en este caso no es de una generación a otra, sino que es tan profundamente cultural como que viene de las generaciones que han atravesado ya un par de milenios hasta las de estos días.
Cada Navidad asoma en el almanaque con las circunstancias del presente personal y colectivo, y muchas veces se va dejando marcas. Y en cada casa, en cada historia asume maneras particulares. Como que puede ser vivida bajo el amargo acoso de la pobreza (como contaba Roberto Arlt en su aguafuerte El pan dulce del cesante, allá en los años '30) o en la fastuosidad de la abundancia.
Esa ilusión del consumo como pasaporte a la felicidad, del objeto que se regala como testimonio de la dimensión del afecto, es una de los rasgos abrumadores del momento y tiene distintas caras según la posibilidad de cada bolsillo. También aquí Papá Noel, después de desbancar tradiciones, ya se sienta en los shopping para besar a los niños, tal como lo muestran las películas norteamericanas
Por eso, muchos se quejan del rigor consumista de la Navidad, muy lejos de aquel sentido religioso y austero que tenía la fiesta.
Años de ensayo para una escena de Nochebuena
“Quién dijo que todo está perdido”, dijo la tía Nelly cuando el proyectil que bajó del techo golpeó contra su cabeza, prolijamente organizada en una eterna sesión de coiffeur. Después de hincharse excitado, el corcho había estallado con la suficiente fuerza como hacer remontar el barrilete de la esperanza de la tía, no por última vez, claro, pero otra vez al fin.
La escena llevaba años de ensayo: siempre aquel que asumía la misión de destapar la silla trataba de calcular los ángulos del disparo para que el pagano y cabulero corcho fuera hasta el peinado de la tía.
Volver a reír es la cuestión. Y como todos los años, después del ¡Pummmm! y el ¡ohhhh!, la tia Nelly dijo: “Esta vez me caso; este año no me salvo”.
Pero entre tanta risa, alguien debía seguir consagrado a la vigilancia del abuelo: cualquier turrón prepotente podía atacarle la flamante dentadura con la que había recuperado su energía masticatoria, aunque también estropeado su presupuesto de jubilado.
“No le llenen tanto la copa que después vamos a tener que llevarlo en andas a la pieza”, recomendó uno de los nietos. “Oiga, joven, mire que ya soy un hombrecito”, contestó sobre el pucho don Antonio y, a continuación, trituró con rabia un puñado de garrapiñadas como para reafirmar que no estaba dispuesto a entregarse a un destino de blanduras sin luchar.
“Mejor imposible”, dijo al rato el tío Fortunato, y “tiró la toalla” argumentando “razones obvias”. Saludó a todos y con las llaves del auto en la mano se fue buscando la calle ayudándose con las paredes del pasillo. “El tío Fortunato tampoco falla”, pensaron los parientes; la escena también tenía sus años de ensayo.
Bombas de estruendo, petardos y milonga en la otra cuadra habían convertido al barrio en un batifondo. Por si fuera poco, se había encendido una bocina que no paraba de sonar. “Debe ser un borracho”, calculó sabiamente la abuela Rosa. Los parientes, molestos ya por la bullanguera exageración del festejante, decidieron asomarse a la calle.
Entonces, descubrieron que el pesado ulular venía del auto del tío Fortunato, quien agobiado por la confusión de sus llaves se había derrumbado sobre el volante mientras el interminable bocinazo, en lugar de sobresaltarlo, parecía acunarlo.
Pero la esencia de la Navidad se despliega en las mesas de Nochebuena y va mucho más allá del acto comercial que le imprime la cultura de este tiempo.Tiene que ver con la celebración cristiana y aún más allá, como que alcanza a las profundidades de los tiempos del hombre.
“Es evidente que ciertas fiestas profanas, en apariencia, del mundo moderno, conservan todavía su estructura y su función mítica”, decía el rumano Mircea Eliade en Los mitos contemporáneos, y señalaba a “los júbilos del año nuevo y las fiestas que saludan un 'comienzo'”.
La Navidad saluda un comienzo, como que como que significa nacimiento. Es la fundación del mundo cristiano, de algún modo, el mundo occidental de hoy del que formamos parte, es la que vuelve a suceder con la recuperación del momento original que es el nacimiento de Jesús.
La circunstancia nos regresa a los lejanos comienzos, cuando la humanidad se aferraba a los mitos para sobrellevar su relación con el cosmos y la creación. Así también es que se explica el carácter orgiástico (aunque hoy limitado al comer y al beber), que es el que el hombre primigenio le daba a sus fiestas que celebraban la fundación de cada cultura.
Por sobre los manteles de las navidades, transcurre la vida: son capítulos congelados sobre las mesas. Unos a otros nos vemos crecer, madurar, envejecer.
Es posible que una de las mayores pruebas de que éstos son días señalados es que los recuerdos que dejan cada uno de los capítulos de fin de año tienen una intensidad indeleble, tanto como que a partir de ella se pueden seguir los rastros de las marcas de las historias de cada uno y de cada familia.
Las ausencias y las llegadas de nuevas vidas quedan documentadas a fuego en el alma de los encuentros navideños.Y las ausencias, mientras las reuniones se sostienen siguen siendo presencias constantes.
Sólo por estar aquí
Mientras tanto, mucho han cambiado las navidades. En el recuerdo de los argentinos más añosos, o al menos a través de los relatos, es posible recuperar la memoria de aquellas misas “de gallo”, a la medianoche del 24, de los pesebres que duraban nueve días y en los que, al final, los niños recibían alfeñiques y merengues.
Además de la herencia hispánica, los inmigrantes italianos y de otros sitios europeos trajeron sus tradiciones y costumbres, sobre todo alimenticias. Entonces, aunque siempre en estas latitudes el sol de diciembre estalle fulgurante, sobre las mesas se reúne tal confabulación de calorías como si el blanco invierno del norte estuviera llamando a las puertas de las casas.
No mucho más que unas generaciones atrás, aquel que inquietaba la imaginación de los chicos era “el Niño Dios”. Ahora, por influencia de estilos culturales con grandes instrumentos de difusión, el nombre de la nochebuena es Papá Noel.
siempre que vamos en busca de nuestras navidades más queridas, volvemos a ver la dimensión de las cosas desde el asombro que sólo la estatura de niño nos puede dar. Todo alrededor era imponente, no sólo por el tamaño sino por la novedad de la vida fresca y la intensidad con que vibraba la sensibilidad virgen.
La Navidad era entonces mágica. En la casa, en la cuadra, en el barrio y mucho más allá, latían millones de lucecitas de colores; las mesas ofrecían los mejores sabores que conocíamos, algunos que solo aparecían para esa ocasión. Adentro y afuera estallaban la música, la alegría, los brindis, las cañitas voladoras nos acercaban al cielo de la providencia.
Era una fiesta grande, la primera de los bellos y calientes días de fin de año, y acaso las únicas fiestas de algún modo posibles en tantos hogares.
Pero la mejor de las sensaciones era que _igual que Año Nuevo_ se trataba de una fiesta que incluía a todos; no le sucedía a alguien en particular, sino que era una ambrosía que fluía en todas las copas, aun en las que sólo estaban llenas de sencillez..
Eso es. Somos parte misma de la Navidad: nos sucede sólo por estar aquí, en esta vida y en esta parte del mundo.





