GAJES DEL OFICIO

12-09-2016

Una de la mañana. Celestino ya se encuentra frente al horno. Prepara la primera tanda de criollitos y organiza el reparto a los comercios. El silencio del pueblo cala profundo, mientras este laburante deja todo listo para más tarde, cuando se suman a la tarea empleados y familiares.

Su vida transcurre entre hornos, harina, levadura y sal desde los siete años, cuando fue a pedir trabajo a la panadería de Piasco, familia que le dio un espacio y lo empleó para abrir la puerta del horno a leña por un kilo de pan diario.

A los nueve ya hacía el reparto en la jardinera. Se acuerda de aquel tiempo, cuando los vecinos le dejaban la llave bajo la maceta, un papelito con el pedido sobre la mesa y el infaltable “servite agua de la heladera”, cada verano. Esa época en la que todo se anotaba en la libreta y se pagaba a fin de mes.

Al observar hoy las calles de la localidad cordobesa de Tancacha cuesta imaginar cómo lucían en el momento en que las recorría Celestino, cuando había pocas casas y menos de la mitad de los 6.000 habitantes actuales.

Con el tiempo y mucho esfuerzo pudo comprar el negocio a sus patrones, a quienes, asegura, les va a estar eternamente agradecido. Siguió así con el noble oficio de transformar harina en ese pan que está presente cada día en las mesas del pueblo. La panadería hoy se encuentra sobre la ruta, en la esquina frente a la cooperativa de servicios públicos.

Con su esposa, sus tres hijos y nietos son una especie de familia Benvenuto que los domingos no se juntan al mediodía sino a la cena, por los horarios de “Tato”, como le dicen sus nietos. Tato no almuerza, descansa de 11 a 17 hs y le suma alguna horita después de cena. “Es un trabajo sacrificado, para mí no hay sábados, domingos ni feriados”.

Tal es el gusto por su labor que cada vez que se iba de vacaciones volvía con una receta nueva. En una oportunidad, lo encontraron en la panadería al lado del hotel, meta amasar “les estoy enseñando cómo se hace el pan”, fue la excusa.

Su familia guarda miles de anécdotas, como el día que dijo “Si me gano el quini...” y todos pensaron que dejaba todo y finalmente se iba a dedicar a disfrutar, hasta que completó la frase: “si me gano el quini, pongo el pan a un peso, para colaborar con la gente”.

Mientras tomamos un café con unos riquísimos criollitos en su casa, que está integrada al negocio, confiesa que “lo peor que le puede pasar al panadero es que el pan no le salga como quiere. Yo le preguntaba a mis patrones ¿Por qué no me sale igual que ayer? Y ellos me decían que puede salir parecido, pero nunca igual”.

Sus clientes no opinan lo mismo, porque si hay un valor agregado en esta panadería, es que el pan sigue cocinándose a leña. Inclusive tiene clientes de otras localidades que pasan los fines de semana y compran varios kilos que llevan al freezer. Hay grisines, criollitos, facturas y las codiciadas “galletas”, (un pan liviano, con poca cáscara) que sólo se realiza en algunas localidades del interior.

Fue muy amigo de sus colegas, otros panaderos del pueblo como don Rustichelli y su gran amigo “Siso” Sarraude, con los que se juntaba a comer asaditos.

Celestino fue al colegio en el pueblo, a la actual escuela San Martín. “Recuerdo al señor Funes, que fue maestro y después director. Como lo respetábamos... era recto, pero también muy compañero de sus alumnos. Siempre llevaba el fútbol para el recreo y él era el árbitro”.

Ese deporte lo acompañó toda su vida. Integró por años la comisión directica del Club Huracán y la subcomisión de fútbol. Es hincha fanático de Boca y no es extraño ver la bandera del club en el negocio cuando gana su equipo.

Las tierras del Cacique Tancacho

Esta pequeña localidad se encuentra a 15 kilómetros de la ciudad de Río Tercero. “Era el lugar de encuentro de viajeros que llegaban de todos los puntos cardinales. Había servicio de fonda y recambio de animales para continuar el viaje en carretas. Con la llegada del ferrocarril todo eso se potenció, porque los lugareños realizaban trueque de lo que cosechaban por mercadería”, explica el periodista Nolberto Rivero.

La fundación coincide con el paso del ferrocarril, en 1913 y su curioso nombre “tiene que ver con un cacique que se llamaría `Tancacho´, un nombre que los ingleses no pronunciaban bien. Tancacha significa pozo, cancha”, sostiene Rivero, que es también uno de los autores del libro “El gen tancachense”.

Las lluvias siempre fueron un problema en estos pagos. Cuando sonaba tres veces la sirena de los bomberos, se escuchaba el “tac, tac, tac” de la gente instalando las compuertas, tratando de frenar lo inevitable. La peor lluvia fue la del ´78 y afectó a todo el pueblo. Celestino cuenta que el agua traspasó las compuertas, “teníamos 60 centímetros en la casa y en el negocio. Subimos a los chicos al mostrador, la correntada de la calle era tan fuerte que se llevaba los autos”.

Los vecinos recuerdan estos momentos como los más duros, junto con las explosiones de Río Tercero, en 1995. Todos destacan la gran solidaridad de la población que abrió sus puertas para recibir a la gente de la ciudad vecina. Nolberto dice que “figurativamente Río Tercero se trasladó a Tancacha. Escuelas, clubes, el salón parroquial y casas de familia albergaban a la gente que llegaba desesperada”.

Otro de los rasgos de la localidad es el clásico enfrentamiento norte- sur de las vías. Eso se vivía mucho en los carnavales, cuando apostadas ambas zonas a los lados de los rieles (estaba terminantemente prohibido cruzarse) se tiraban cuanto balde de agua o bombita hubiera dando vuelta por ahí. “Hay muchísimas anécdotas con respecto a esto”, detalla Nolberto, “a tal punto que dicen que quien se ponía de novio en un lado y era del otro era muy mal tratado”.

Cada 15 de octubre se celebra el día del pueblo con un acto, desfile, almuerzo y elección de reina. Los festejos suelen extenderse hasta diciembre, con eventos organizados por instituciones, exposiciones de los talleres de la casa de la cultura y otras actividades, como las presentaciones del grupo de teatro municipal “Javier Portales” (actor que nació en el pueblo), que estrena al menos una obra anual.

Los deportes también son protagonistas en la vida local. Se juega al fútbol en el club Huracán, básquet en el club Belgrano y se practica atletismo, ciclismo y natación, entre otros.

El pueblo se ve ordenado y al caminar sus calles se respira tranquilidad. Celestino me pregunta si pasé por Avenida San Martín, si vi el monumento sobre la ruta y así con otros rincones del pueblo. Antes de retirarse a descansar (hoy se le hizo tarde) se despide con un “¿Viste? Los que vivimos acá estamos en la gloria”.

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