Emanuel, el chico que corre por La Quiaca

10-04-2017

La Quiaca tiene una mística inexplicable. Quizás por representar al punto más septentrional de nuestro país, por ser una ciudad de mantas de colores, de ollas de barro, de niños que son trasladados en la espalda, de bellas mujeres de cabello negro con trenza y sombrero, quizás por esa característica de las ciudades de frontera, que tienen una idiosincrasia compartida, un poco de acá y un poco de allá. Quizás por todo eso junto, quizás por ese `no sé qué´ que definitivamente no se puede explicar.

El significado de La Quiaca supera al de una ciudad. Será por aquel mítico viaje “de Usuahia a La Quiaca” de Gieco, por ser el inicio de la ruta 40 o por ser dueña de uno de los cielos más azules de Argentina. O por todo eso junto, o por mucho más. Es difícil develar su magia.

Algunos la disfrutan, otros suelen padecer los efectos de altura o el clima, pero nadie olvida su paso por esta tierra jujeña.

Aunque es difícil de imaginar, la ciudad es también un circuito. Es el lugar donde entrena Emanuel Cruz, el chico que todos ven corriendo por La Quiaca. A la mañana o a tarde, con frío, lluvia o calor. Nada lo frena, nada importa: él corre.

Remera, short y zapatillas bastan para las hazañas de Emanuel que ganó competencias en Argentina y en otros países y que, según la rutina prevista, puede llegar a correr hasta 30 kilómetros en un día.

“Soy Emanuel Cruz, el chico que corre las maratones”, se presenta, como al pasar, este joven delgado de 19 años, tez trigueña y profundos ojos negros. En La Quiaca, lugar donde vive hace unos años, quienes conocen su historia lo describen como una persona de perfil bajo y un ejemplo de superación.

La geografía ondulada de su Yavi natal fue el terreno donde dio sus primeros pasos en el mundo del atletismo. El cordón montañoso de los 8 hermanos, el río y los valles eran su refugio. “Mi familia no sabía dónde me iba, pensaba que estaba en algún lugar con amigos, pero yo estaba entrenando”.

Se le iluminan los ojos cuando dice: “Debo haber ganado todas las carreras de tanto correr en los 8 hermanos”. Por tierra o por ruta, siempre solo, nunca tuvo la oportunidad de tener un entrenador.

La mejor comida era la que le hacía su bisabuela, que hoy no está más. Siempre a base de alimentos ancestrales como quínoa, maíz o cebada. “Eran comidas fuertes, sentía que me daban poder”.

Talento, perseverancia y concentración. Esas fueron las claves. Cuando recién estaba entrando a la adolescencia leyó un libro sobre técnicas orientales que se empecinó por aprender y que más adelante puso en práctica una y mil veces en las competencias, en esos momentos en los que las fuerzas no dan más. Asimismo, es tanta su pasión que a veces llega a la meta y siente “como si no hubiera corrido”.

Ganó carreras provinciales, nacionales e internacionales. Todo iba sobre rieles hasta que a fines del 2013 sufrió un golpe muy fuerte cuando falleció su mamá. “No tenía ganas de nada”. Se mudó a La Quiaca, donde hasta el día de hoy vive en una pieza y recién el año pasado, cual ave fénix, comenzó a recuperarse. Este año lo encuentra finalizando el secundario, entrenando a full y con el proyecto de iniciar su escuelita de atletismo.

Si cualquiera le pregunta qué siente al correr, no duda: “Es lo más lindo que me pasa. Si dejo de entrenar un día me siento mal, incómodo”.

En las carreras da todo “no importa el dolor, no importa nada, cuando el nivel es alto cuesta mucho, porque estamos todos bastante igualados. Y ahí hay que sacar el último recurso que es la fuerza interior, lo que llevo de mi pueblo, de Jujuy, de mi familia, de la gente de La Quiaca que me alienta”. Si algo necesita Emanuel son sponsors. Porque además de los gastos de la pieza, comida e indumentaria, precisaría un profesional que le marque el camino a seguir. “Me encantaría tener un entrenador que me acompañe, alguien que me marque lo que tengo que corregir. Me ayudaría mucho a mejorar el rendimiento”.

Porque el sueño tras el que anda es grande: se desvive por clasificar para las olimpíadas. “Tendría que mejorar en técnica, llegar a esa instancia no es fácil”, admite.

Donde todo comienza

La Quiaca es una referencia geográfica ineludible del inicio de nuestro país. La ciudad, que tiene alrededor de 20.000 habitantes, inició su historia allá por 1700. Así lo explica el investigador Gabriel Arrieguez, al asegurar que por aquellos tiempos había una posta y que más adelante, en 1907, el gobernador de Jujuy dictó la ley de fundación de la localidad. Ese mismo año pasó por primera vez el ferrocarril.

El ser una ciudad fronteriza hizo que desde sus inicios el comercio fuera una de las principales actividades económicas. “Comenzó entonces a llegar gente atraída por la veta comercial y por el trabajo que generaban las explotaciones mineras cercanas”.

Arrieguez, que se encuentra finalizando el libro de la historia de la ciudad, detalla que “una fecha que no se puede dejar pasar es 1883, cuando el gobernador decide mudar a La Quiaca cerca de la frontera, porque antes se encontraba a unos kilómetros, en el lugar que hoy es denominado La Quiaca Vieja”.

El investigador cuenta además costumbres de esta ciudad como acercarse a las ferias y a la zona comercial de Villazón, localidad de Bolivia que se encuentra apenas se cruza el puente internacional. También es característica la feria del playón del mercado local, donde llegan desde lejos los pobladores rurales para vender los frutos de su trabajo. Otra de las tradiciones está relacionada con el luto que hasta el día de hoy se respeta por tres años.

La gastronomía andina escribe su propio capítulo. Dicen que uno no se puede ir de esta ciudad sin probar la kalapurca, un guiso preparado en piedras calientes, o la clásica sopa de harina de maíz con charqui y verduras de la zona. Para el postre, cuajada con mote o anchi, una preparación a base de frutos disecados.

Por otro lado, una de las fiestas más esperadas es el carnaval, pero no es la única. También se realizan celebraciones especiales para Semana Santa, el día de Todos los Santos, Santa Ana o la Pachamama, donde se realizan ofrendas a la madre tierra. También se celebra la Manka Fiesta o fiesta de las ollas, una de las ferias más antigua de la puna donde antes se practicaba el trueque como forma de intercambio.

“El que nació en La Quiaca ha nacido para bailar, siempre hay un motivo”, finaliza Arrieguez, dando fiel testimonio del alegre espíritu de esta comunidad tan nuestra que es La Quiaca.

Paola Perticarari

Suscribite al newsletter

COLSECOR Noticias

* no spam