El sueño de una cooperativa propia

10-02-2009

A un mes de la ocupación de la imprenta Indugraf, ya se nota cierta cotidianidad entre los cientos de militantes y cooperativistas que pasan el día en la vereda, los doce trabajadores despedidos autorizados legalmente a permanecer dentro y los vecinos que sólo pidieron a los militantes de los partidos de izquierda bajar un poco el tono de sus discusiones nocturnas. “Una cosa es bajar línea, otra cosa es cagarse a gritos”, resume una señora de la vuelta, que habla detrás de la celosía. El móvil policial con espacio para doce personas sigue en la esquina de Sánchez de Loria y Bathurst, al igual que las guardias rotativas dentro y fuera de esta fábrica tomada en Parque Patricios. Ambas rutinas también son parte de la cotidianidad, la parte más preocupante por cierto.Sobre la entrada, dos celosos porteros que militan en el Partido Obrero relojean al cronista de Página/12 hasta que aparezca algún anfitrión. Y al rato, con una amplia sonrisa sobre su cara ovalada, extiende su mano de operario “Poly”, dice e invita a pasar. Sobre la mesa ratona de la recepción se mezclan el paquete de yerba, la bolsa de azúcar abierta y el termo; los bidones de agua se acumulan detrás del mostrador y un cartel de papel cuelga de la pared conteniendo todos los números ante una urgencia. Detrás hay un pequeño cuarto, donde se acumulan las donaciones. Son los únicos lugares que se han modificado desde la ocupación. “Vas a ver que todo lo demás está igual que cuando se fueron los dueños”, promete Poly, uno de los doce autorizados.“Estábamos imprimiendo 2500 libros por hora y teníamos un montón de contratos con editoriales grandes. ¿Ves ese papel de ahí?, entró una semana antes de que cierren”, señala el operario, parado en medio de dos viejas máquinas de imprimir de veinte metros de largo y rodeado de resmas. El último día que anduvieron los jefes fue el viernes 21 de noviembre pasado. Cuando el lunes volvieron se encontraron con el cartel indicando: “La empresa permanecerá provisoriamente cerrada”. Esperaron en la puerta, acamparon y fueron los propios vecinos los que les advirtieron a los 88 operarios cesanteados que había “movimientos” en la fábrica.

“Se habían llevado las computadoras y los programas para imprimir, y en la parte de atrás habían corrido algunos papeles para llevarse la dobladora”, indica Poly. “¿Por qué la dobladora?, porque es un fierro, dobla todo tipo de libros, además es lo único que se podían llevar: mirá qué chiquita que es”, dice al referirse al aparato de tres metros de largo por uno de alto. En ese cuarto, contiguo a la sala de máquinas, hay dos guillotinas y una engrampadora que todavía tiene los pliegos de Goofy sufre el calor, una revista infantil que edita Sigmar para Disney.

“Los clientes traían los insumos, papel y tinta, básicamente. Y ahora uno de los problemas es que hay una editorial que quiere recuperar 600 mil hojas. Los dueños no quieren pedir la quiebra, lo que nos permitiría hacer los trámites para armar la cooperativa, pero ya hay un cliente que la pidió”, repasa Poly. Por ahora, explica, de la discusión por Indugraf sólo participan el Ministerio de Trabajo y los operarios; la empresa se ausentó de la discusión desde que recibieron la negativa por parte de los cesanteados de darles las viejas máquinas para indemnizarlos. “Lo que quieren es el lugar -aclara-, por eso, el acoso judicial y los dos intentos de desalojo, nos acusan de usurpadores.”

En el primer piso están la sala de encuadernación, de diseño, las oficinas de jefes y administrativos. Y el cuarto de ensayo de la banda del hijo del dueño: Old Blues. La máquina de coser libros contiene un volumen terminado, sin tapa, es una novela de Peter Harris: La serpiente rosa. Las máquinas de ese galpón no parecen haber recibido mantenimiento en mucho tiempo y Poly lo confirma. La empresa nunca se recuperó de la crisis del 2001, pero trabajo no faltaba.

“Querían llegar hasta donde se pudiera. La desmantelaron de a poco. Nosotros reclamábamos que nos pagaran en tiempo, mientras ellos dejaban de aportar las cargas sociales sin que lo supiéramos. Pero nos subestimaron, pensaron que nos podían echar así nomás”, reconoce el operario, al que al momento del cierre le prometieron que la medida “era por dos meses” porque no había plata para pagar sueldos. “Y claro, si se la estaban afanando ellos.”

En las oficinas de administración, con cuyos empleados les estaba prohibido hablar a los operarios, se nota más que en ningún lugar la improvisación de la huida de los jefes. Los escritorios están desparramados y tienen las marcas de los monitores. “Una de las chicas se olvidó esta bufanda y este saquito”, dice Poly mientras los sostiene en una mano. Sobre la mesa del cuarto del jefe de personal hay una taza de café sucia y algunas carpetas. Parece el panorama que cada viernes encuentran los empleados de limpieza de cualquier oficina del centro. “Se llevaron las computadoras y las impresoras, y a algunos administrativos les buscaron laburo en otro lado”, asegura el operario. Las oficinas de los jefes permanecen cerradas con llave, como fue acordado por los cesanteados: deben quedar intactas.

Ahora, algunos clientes quieren volver y pidieron presupuestos, aunque aguardan a que se defina el conflicto. Hay una oferta firme, advierte el operario, para hacer una revista de 1000 ejemplares. También solidaridad de las cooperativas que pasaron por estos momentos: Zanon, Chilavert, Filobex-Febatex y Mazu, entre otras. Se han reunido con personalidades como el juez de la Suprema Corte Eugenio Zaffaroni (que los recibió y aconsejó “como abogado”) y hacen festivales solidarios. Heredaron deudas enormes (40 mil pesos de luz y 8 mil de gas, por ejemplo), pero también la posibilidad de armar su propia cooperativa. Poly es consciente de esto, y al pensarlo se ha vuelto parte de su cotidianidad.

 

Por Emilio Ruchansky

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