El planeta de la vida, camino a la agonía

22-04-2019

El cambio climático y el grave deterioro ecológico que padece son el resultado de la tarea devastadora y la voracidad del ser humano. Cada 22 de abril se celebra el Día Mundial de la Tierra, una iniciativa de la ONU para que pueblos y gobiernos asuman conciencia de la encrucijada.

Por Alejandro Mareco | Periodista

“Y la Tierra será una bola ardiendo en el fuego del final, con los hijos de nuestros hijos devorados por el último instante de la humanidad que así, habrá incendiado su casa y, con ella, a sí misma”.

La imagen no corresponde a un hipotético apocalipsis en una imprecisa y lejana orilla del tiempo, sino a un pronóstico con forma y fecha que el más conocido de los científicos de las últimas décadas, Stephen Hawking, trazó poco antes de morir, en 2017.

Según el autor de La historia del tiempo, ese momento de ardor final sobrevendrá alrededor del año 2600, es decir, dentro de seis centurias, unas cuantas generaciones más adelante. Dijo que las razones principales de semejante final serán la superpoblación que nos amontonará hombro con hombro y la inmensa demanda de energía que encenderá todo hasta quemarnos.

La Tierra se volvería entonces algo así como el planeta Venus, que hace miles de años acaso era habitable pero que cayó en las garras de una atmósfera y un efecto invernadero que hace imposible la vida.

Hawking le dejó a la humanidad su gran consejo para sobrevivir: escapar del planeta, viajar y viajar al espacio hasta que la tecnología nos permita llegar a Alpha Centauri, uno de los sistemas estelares más cercanos, a cuatro años luz de distancia, y que se sospecha tendría planetas en condiciones para vivir (hoy, tardaríamos 30 mil años en atravesar la distancia).

Esta proyección dramática nos dice también que la humanidad tiene alguna chance de sobrevivir al final de la vida en el planeta; en cambio, el planeta, como fuente de provisión de vida, no podrá sobrevivir a la humanidad.

Se estima que la Tierra tiene unos 4.500 millones de años de antigüedad, y la especie humana, que apenas hace 140 mil años apareció en la sabana africana, condenará su suerte. Y con ella, la de su asombrosa vitalidad que fue y es capaz de dar a luz maravillosas manifestaciones orgánicas tanto vegetales como animales, a miles de especies que comparten con la nuestra el milagro.

Este es el único planeta, al menos en lo que conocemos de nuestros alrededores cósmicos, que contiene vida.

La presencia de la humanidad y sus conquistas tecnológicas (desde el fuego y las puntas de flecha para cazar) y culturales (el conocimiento) fueron modificando su relación con la naturaleza.

La agricultura y la ganadería, es decir la domesticación de vegetales y animales, fueron grandes hitos en el camino de la especie y en su capacidad de organizar la naturaleza de acuerdo a sus necesidades y comenzaron a expandirse hace más de 10.000 años.

Su paso ha ido dejando huellas lentamente. Por ejemplo, se dice que hace unos 8.000 años una ardilla podría llegar de Lisboa a Moscú pasando de árbol en árbol, pero los inmensos bosques que cubrían Europa fueron retrocediendo lentamente a medida que la madera fue utilizada como combustible para el fuego y para la construcción de casas, barcos, armas.

Pero desde la Revolución Industrial, a finales del siglo XVIII, la acción devastadora comenzó a pronunciarse hasta llegar al paroxismo en el siglo 20 y lo que va del 21. No es difícil advertir que, armado con un inmenso desarrollo tecnológico en sus manos, el ser humano ha acorralado a la naturaleza y ha desatado cataclismos ecológicos y sociales.

Es esa indiscriminada explotación de los recursos sin pensar en las consecuencias para el presente y el futuro, la causa principal que aflige a la Tierra. La supervivencia del ser humano y todo el entramado de sus sociedades exigen cada vez más recursos, al menos en estas formas de organización. Pero es la voracidad la clave de tanto poder destructivo.

La gran amenaza

Mientras tanto, la toma de conciencia frente a la inmensa agresión que la especie ha desatado sobre el orden y los recursos naturales del planeta ha dado pasos hacia adelante, pero aún se desenvuelve muy lentamente en comparación con el modo en que avanza la destrucción.

El 22 de abril es la fecha que tomó la ONU hace una década para declarar el Día Mundial de la Tierra. Se instauró este día para crear una conciencia común a los problemas de la superpoblación, la producción de contaminación, la conservación de la biodiversidad y otras preocupaciones ambientales.

Hoy el cambio climático es la gran amenaza y tiene que ver con que algunas actividades humanas producen la emisión de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Su consecuencia es el calentamiento global que genera el derretimiento de los hielos polares y el crecimiento del nivel del mar con proyecciones catastróficas.

Mientras tanto, el malestar del clima se manifiesta en inmensas y brutales olas de calor, grandes incendios forestales, sequías, inundaciones, ríos contaminados, plagas, huracanes, aumento del desplazamiento de millones de personas, contaminación atmosférica, lluvia ácida.

“Sabemos que, si seguimos la tendencia actual de dejar que las emisiones crezcan año tras año, el cambio climático lo transformará todo. Grandes ciudades terminarán muy probablemente ahogadas bajo el agua, culturas antiguas serán tragadas por el mar y existe una probabilidad muy alta de que nuestros hijos e hijas pasen gran parte de sus vidas huyendo y tratando de recuperarse de violentos temporales y de sequías extremas. Y no tenemos que mover ni un dedo para que ese futuro se haga realidad. Basta con que no cambiemos nada y, simplemente, sigamos haciendo lo que ya hacemos ahora, confiados en que alguien dará con el remedio tecnológico que nos saque del atolladero”.

Las palabras son de la periodista canadiense Naomi Klein, en su libro Esto lo cambia todo, el capitalismo contra el clima, aparecido en 2014.

Klein dice que una situación tan amplia y crítica sólo se había vivido en la Guerra Fría. “Me refiero al miedo (entonces muy extendido) a un holocausto nuclear que volviera inhabitable gran parte del planeta. Pero esa era (y continúa siendo, no lo olvidemos) una amenaza, una pequeña posibilidad en caso de una espiral descontrolada en la geopolítica internacional. No había entonces una inmensa mayoría de los científicos nucleares (como sí la hay desde hace años entre los climatólogos) que nos avisara que íbamos camino a poner en peligro nuestra civilización entera si seguíamos comportándonos en nuestra vida cotidiana del modo acostumbrado, haciendo exactamente lo que ya hacíamos”.

Los gritos de la naturaleza, los gritos del ser humano

“Para escuchar los gritos de la naturaleza, hace falta primero escuchar los gritos del ser humano, especialmente de los más pobres e indefensos”, dice el tercer capítulo de 'Laudato Si', la formidable encíclica en la que en 2015 el papa Francisco se dirigió a la humanidad en evidente peligro haciendo una exhortación universal para modificar maneras de pensar, actuar, producir y consumir.

El largo documento apuntó a la voracidad y al individualismo: “Enceguecidos en la disputa del presente, se subestima la idea del futuro y de la responsabilidad frente a este. 'Después de mí, el diluvio', parece decir, como Luis XV, el hombre de este tiempo. El egoísmo, que para algunos funciona como el motor de la evolución, es todo un rasgo cultural, una ideología que impone”.

Y también, claro, sobre la tecnocracia. “El paradigma tecnocrático también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política. La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas ahogan a la economía real. No se aprendieron las lecciones de la crisis financiera mundial y con mucha lentitud se aprenden las lecciones del deterioro ambiental”.

Afirma que las leyes del mercado “no son infalibles ni eficientes para resolver los grandes problemas que se crearán a partir de un cambio climático fuera de control”, y por lo tanto serán necesarias “conductas éticas y decisiones políticas comprometidas” para resolver los problemas.

No reniega de la tecnología, sino del uso que se hace de ella. “No podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido nos dan un tremendo poder. Mejor dicho, dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero. Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo”.

Cambiarlo todo

La primera gran reacción mundial frente al tema fue el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) que en 1990 elaboró un informe alertando sobre la importancia del tema, y luego, en 1992, la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro que aprobó el Convenio Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático.

Luego, la mayoría de los países del mundo firmó el Protocolo de Kyoto para la reducción de la emisión de gases de efectos invernadero pero Estados Unidos, el principal emisor, se negó a suscribirlo.

“Cuando planteo que la del cambio climático es una batalla entre el capitalismo y el planeta, no estoy diciendo nada que no sepamos ya. La batalla ya se está librando y, ahora mismo, el capitalismo la está ganando con holgura. La gana cada vez que se usa la necesidad de crecimiento económico como excusa para aplazar una vez más la muy necesaria acción contra el cambio climático, o para romper los compromisos de reducción de emisiones que ya se habían alcanzado”, sostiene la reconocida periodista y escritora. Y habla de “los capitalistas del desastre que usan las crisis para eludir la democracia”.

Las dificultades para asumir la conciencia de lo que el cambio climático representa residen en que, como dice el título del libro, esto lo cambia todo. Implica “cambiar cómo vivimos y cómo funcionan nuestras economías, e incluso cambiar las historias que contamos para justificar nuestro lugar en la Tierra”.

Gary Stix, de la revista Scientific American, escribió en 2012 (citado por Klein): “Si queremos afrontar el cambio climático mínimamente a fondo, las soluciones radicales en las que debemos centrarnos son las de la cuestión social. En comparación, la eficiencia relativa de la próxima generación de células fotoeléctricas es una cuestión bastante trivial”.

En ese sentido también se pronunció la Iglesia Católica de Francisco, a través de la encíclica 'Laudato si'. “El cambio climático tendrá efectos catastróficos sobre la humanidad, pero los más perjudicados serán los que menos tienen, los pobres. Los ricos y los que más tienen son los que toman las decisiones. Estos últimos son los que tienen que cambiar las formas en que las toman”, sostuvo el documento publicado el 18 de junio de 2015.

“La tierra no pertenece al ser humano, es el ser humano el que pertenece a la tierra”, dice un proverbio indígena. Esa es la sabiduría que ha perdido la engreída e irresponsable especie en que nos hemos transformado. El camino hacia la bola de fuego final es el que llevamos, y tal vez nunca parta la nave que nos lleve a otro hogar en las estrellas.

La destrucción nos espera, y para llegar allí, hay que seguir las recomendaciones de Naomi Klein: “Lo único que tenemos que hacer es no reaccionar como si esta fuera una crisis en toda la extensión de la palabra. Lo único que tenemos que hacer es seguir negando lo asustados que realmente estamos. Y de ese modo, pasito a pasito, habremos llegado al lugar que más tememos, aquel del que hemos tratado de apartar de nuestra vista”.

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