EL MUNDIAL DE BRASIL AÚN NO TERMINÓ

22-06-2015

A la manera del siglo XIX, los Estados parecen revivir a través de los himnos cantados en los estadios, en los colores de las banderas, en el intercambio de banderines o en las arengas marciales de sus capitanes. Si la televisión actual es bastante parecida en los diferentes países producto de la globalización; si el público es, en cierta forma, también parecido entre sí, el mundial lo que hace es imponer una televisión y un público con rasgos locales y de fisonomía propia. Es por esta razón, por este sentido de lo nacional, que la transmisión, común a todos los países y producida por la FIFA, es intervenida por los canales locales con el fin de brindarle a sus espectadores un carácter originario. El uso de una cámara propia en los partidos, por ejemplo, es la tonalidad y el ritmo del país, es la luz que ilumina lo que el público local quiere ver. Es una cámara idiosincrática, con los guiños y las complicidades autóctonas.

Sin dudas, se trata de una paradoja: que el evento televisivo más visto por el mundo entero, el evento que reúne en una misma escena a una multitud de espectadores diferentes y esperando lo mismo; que ese evento tan “universal y globalizado” ofrecido en una pantalla sea la razón para el reverdecer del sentimiento nacional no deja de resultar llamativo. La razón, creo, es sencilla: la transmisión del mundial de fútbol no es un entretenimiento televisivo, no forma parte ni de la sociedad del espectáculo ni de la industria cultural. No es cierto que los espectadores de los partidos de fútbol se diviertan, al menos en esta parte del planeta. El mundial es pasión y catarsis, es afección pura. En el mundial se sufre, se padece, no se duerme bien. Es más preocupación que risa y más desesperación que festejo. Nadie puede estar tranquilo delante del televisor en el momento de comenzar la odisea de un partido de cuartos de final o de semifinal. Mucho menos en la final del mundo: la pantalla se pone incandescente, el oxígeno no alcanza y la perturbación es infinita.

Todo este preámbulo para decir que a un año de la final del mundial de Brasil 2014, a pesar de los más de trescientos días que pasaron, todavía nos duele. Nadie, en Argentina, puede ver livianamente las imágenes del partido final con Alemania. Resulta insoportable el gol de Götze, cuando faltaban sólo 8 minutos, el festejo brasilero, el abrazo rubio y esa risa teutona dominante; pero todavía más insoportable es la repetición de los goles que no se hicieron, que quedaron ahí, en ese extraño mundo de lo posible que no se concreta. La pantalla repite la escena: el pipita con el balón dominado, el arquero y él enfrentados, en el medio nada más que la pelota. Van 20 del primer tiempo. Íbamos todos con él. La pelota en el aire, de sobrepique, en la puerta del área: el mundo perfecto. Pero no, la agarra mordida y se va afuera. Se va afuera. El relator no lo cree, nadie lo cree, pero la pelota se va afuera.

Unos minutos después, casi la misma escena, pero ahora la pelota entra, de zurda, engañando al arquero; el pipita corre, festeja, nosotros con él, pero el línea cobra fuera de juego. Lo gritamos todos y no fue. Lo gritamos un minuto, dos, y no fue. Minutos más tarde Agüero tuvo la suya, Palacio y Messi también. Pero nos quedaron estas del pipita, porque sabíamos que ahí estaba cerca. La pantalla y los dioses dijeron que no.

¿Exageración? Un poco, sí. Quizá producto de los que significa un evento como el mundial de fútbol. Mientras se disputa, es un mes con un cierto aire sabático; todas las agendas giran en torno a los horarios de los partidos. No sólo las agendas, también el humor, las conversaciones, las ventas callejeras, la sonrisa del día después del triunfo, la vestimenta, etc. Es un mes donde el eje de la tierra es la pelota y el nodo principal es el televisor. La pantalla aglutina diferentes capas: la afirmación de una identidad nacional, el deseo de ganar, una misma historia y una misma pasión a pesar de las diferencias, la búsqueda de reconocimiento, una complicidad compartida por todos los hinchas, la supresión transitoria de los géneros y las clases sociales. Y sobre todo, por encima de todo, la ilusión de que somos una comunidad nacional que, al fin, se ha puesto de acuerdo.

Esta es la intensidad de aquello que ocurrió hace un año: no podemos lograr que aquel partido pase de un hecho traumático a un recuerdo televisivo. Cada vez que se ven esas imágenes, el tiempo vuelve a cero. Alejandro Sabella dijo, en un reportaje radial, que prefiere no ver la repetición de lo que ocurrió aquel domingo. Todavía es demasiado real; en cierta forma el partido se sigue jugando, seguimos delante de la televisión esperando ese gol del pipita. ¿Cuánto tiempo más? Se cumple un año del mundial y para muchos de nosotros los jugadores siguen en la cancha. El 2014, para la pantalla futbolera, tiene otro calendario, sigue sumando días, todavía no terminó.

Gustavo Varela

Doctor en Ciencias Sociales, profesor de filosofía, investigador y docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Es Director académico del posgrado Historia Social y Política del Tango Argentino en FLACSO Argentina; profesor adjunto de Pensamiento contemporáneo en la Universidad del Cine. Ha dictado talleres y conferencias en diferentes lugares del país en seminarios organizados por el Ministerio de Educación de la Nación. Ha dictado conferencias sobre tango, cultura popular y política argentina en diferentes universidades europeas (Universität Freiburg, Alemania; Universite de la Sorbonne Nouvelle, París, Francia; Universidade Portucalense, Porto, Portugal; Tulane University, New Orleans, U.S.A.; Universidad de Guadalajara, México). Es autor de los libros Mal de tango (Paidós, 2005), La filosofía y su doble: Nietzsche y la música (Ediciones del Zorzal, 2008), Tango, una pasión ilustrada (Ediciones Lea, 2010) y La Argentina estrábica (Ediciones Godot, 2013).

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