EL ENCANTO DE LOS CLÁSICOS

28-11-2014

La televisión formó parte esencial de nuestra infancia y a ella asociamos gratos recuerdos como la hora de la merienda con dibujitos animados o el encuentro familiar alrededor de un partido o una novela. La tele nos permite revivir esos momentos e incluso transmitir la vivencia a alguien más, que pueden ser los hijos o la eventual compañía con que nos pesque el zapping. Mirar “Los tres chiflados” o “El Súper Agente 86” sería una experiencia un tanto simplona en estos tiempos si no fuera por esa memoria emotiva o la posibilidad de compartirla con nuevos espectadores que a su vez la pueden transformar en otro recuerdo emotivo y mantener renovada la magia.

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“El Chavo del 8 hizo con nuestra gente lo que hicieron después Los Simpsons con la cultura estadounidense, pintándola con trazo grueso, con personajes que no envejecen ni cambian su ropa en los más de veinte años que llevan al aire. Son comunidades que podrían estar en cualquier ciudad de ese mundo, habitadas por arquetipos vecinales políticamente incorrectos”.

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Un clásico es aquella obra que resiste el paso del tiempo. No todo éxito televisivo se convierte en un clásico. Entre esos prodigios está “El chavo del 8”, que aunque ya cumplió cuarenta años está destinado a la infancia eterna. Clásico es también aquel al que se puede volver una y otra vez, especialmente porque permite revivir esos momentos que el recuerdo hace mejores. Mirar en la tele lo que se vio en la infancia es recuperar ese disfrute pasado.

“El Chavo del 8” comparte con otras series devenidas a clásicos, el conflicto universal contado con la gracia efectista del chiste simplón. El tortazo o la caída es parte de la tradición del humor corporal que sigue siendo el más universal y el primero que nos hace reír, ese de Buster Keaton, Chaplin, Benny Hill o Pepe Biondi. El Chavo también es parte de la comedia familiar que recrea situaciones de la cotidianeidad del espectador, como “La niñera”, “Casados con hijos”, “Modern Family”, donde los peores conflictos familiares se cuentan en clave de risa y los niños son tan importantes como los adultos en la trama. En esto el Chavo fue de las primeras telecomedias latinoamericanas que salieron al mundo, potenciando a Televisa más allá de México.

En Latinoamérica tenemos mucha tradición de drama pero poco de series que “se rían de y con” la clase popular latinoamericana, como supo animarse con simpatía “Betty, la fea”, primera telenovela que se convirtió en tira global de la Sony Entertainment. Mucho antes, la vecindad del Chavo le contó al mundo eso de la hermandad del vecino y la solidaridad del pobre que hoy canta Calle 13, ese mundo de personajes y ambientes humildes pero bien alegres y coloridos, donde las mujeres son las poderosas y sostienen esa vecindad de huérfanos y hombres un poco zonzos. Chespirito llevó a la televisión esos feos, sucios pero buenos del realismo latinoamericano que Cantinflas supo retratar en el cine.

Esa universalidad es la principal razón del éxito continental que tuvo desde sus inicios. Su mirada de la vida es tan descremada y apta para todos los públicos que incluso alguien sumamente crítico de los medios como el presidente de Ecuador, Rafael Correa, se animó a decir que era el mejor programa de la televisión. Su influjo popular se comprueba en la apropiación de frases como “Fue sin querer, queriendo”, “Es que no me tienes paciencia”, “Bueno, pero no te enojes”. Y ahí prueba que también fue un pionero en la participación de las audiencias y la circulación en múltiples plataformas desde antes que se pensara el concepto transmedia. Desde el primer día el Chavo fue juegos, libros, discos, muñecos, programas especiales, obras escolares montadas con sus personajes y hasta su propia flashmob multitudinaria con que sus fans celebraron el cumpleaños número cuarenta del programa y los ochenta y dos años de su creador.

El Chavo del 8 hizo con nuestra gente lo que hicieron después Los Simpsons con la cultura estadounidense, pintándola con trazo grueso, con personajes que no envejecen ni cambian su ropa en los más de veinte años que llevan al aire. Son comunidades que podrían estar en cualquier ciudad de ese mundo, habitadas por arquetipos vecinales políticamente incorrectos. Don Ramón y Homero son vagos incomprendidos que aun con sus pocas luces son padres de la niñita más lista de la vecindad. Doña Florinda y Marge asumen que su función en la vida es sostener y padecer sus seres queridos, con la única recompensa de que cada tanto sus galanes imperfectos les retribuyan a ellas los amores y a los espectadores la cuota de culebrón que necesita nuestro corazón latino. Como ocurre con Simpsons y Flanders, la disputa entre los necios y los sensatos es la sazón de cada día, amenizada por un coro de impresentables que encarnan campechanamente las miserias humanas con la simpatía necesaria para hacerlas digeribles. Decía Mark Twain que nada mejor que poner en boca de los inimputables las críticas sociales, porque siempre se puede argumentar que nadie dijo lo que se escucha. El Chavo con su caricatura intemporal de la decadencia nos deja reírnos con distancia de lo que conocemos tan de cerca.

Adriana Amado

Dra. En Ciencias Sociales

Analista de medios

Docente del área de Comunicación y Cultura de FLACSO Argentina

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