EL BUEN VIVIR COMO ALTERNATIVA AL DESARROLLO

22-09-2015

En esta sección hemos venido presentando diferentes aspectos de la economía social (ES) con la intención de vislumbrar otra finalidad que exceda la idea de complementariedad al sistema capitalista y nos invite a reflexionar sobre su capacidad alterativa. Esto implica pensar la ES con un horizonte diferente al que nos propone el modelo de desarrollo tradicional. Las teorías críticas han demostrado que el subdesarrollo no es una situación previa al desarrollo sino que existe una relación de centro-periferia bajo la cual los países periféricos, como el nuestro, se constituyen prioritariamente en proveedores de bienes primarios. Sin embargo, salvo excepciones, no consiguen gravitar en la formación de precios ni garantizan la soberanía alimentaria de su nación.

Pero otra de las críticas se dirige también hacia un ideal de desarrollo basado en el crecimiento ilimitado de una industria productora de bienes materiales con obsolescencia programada orientada a un consumo individual e irracional.

Por todo esto es que las prácticas de la ES, si desean alterar el contexto hegemónico en el que se insertan, deben dialogar con concepciones alternativas a esa idea de desarrollo unilateral e insustentable, tanto en el aspecto social como ambiental. Dentro de estas concepciones se encuentra el concepto de Buen Vivir, que a principios del Siglo XXI adquirió una notable importancia política en Latinoamérica, principalmente en Ecuador y Bolivia, en donde se lo incorporó como una directriz orientadora en la Constitución, a partir de profundos procesos en los que las Asambleas Constituyentes buscaban alcanzar nuevos pactos sociales para superar situaciones de crisis.

El Buen vivir como concepto en permanente construcción

Pasemos a revisar las principales características de este concepto: en primer lugar diremos que el mismo resignifica las nociones indígenas del sumak kawsay (en Ecuador) y de suma qamaña (en Bolivia), referidas a la vida armónica que guiaba el funcionamiento de las comunidades originarias antes de la colonización. Pero en tanto se trata de recuperar dichas nociones y analizar su sentido en el presente, afirmamos que se trata de un concepto contemporáneo.

Otra característica es que se aparta de la noción de desarrollo basada en una visión antropocéntrica, para afirmar una cultura de la vida, biocéntrica, que posibilite la convivencia armónica entre los seres humanos, así como entre éstos y la naturaleza, lo cual supone el establecimiento de límites sociales y ambientales en el comportamiento humano.

Por otro lado, decimos que se trata además de un concepto en permanente construcción porque de sus vertientes han abrevado al menos tres interpretaciones, que coexisten en la actualidad:

La culturalista o indigenista: que liga el buen vivir principalmente a la dimensión comunitaria de la vida, propia de las culturas de los pueblos indígenas americanos y en particular andinos. Simplificando bastante las cosas, podríamos decir que entiende la construcción de buen vivir en oposición a la forma de vida occidental, aunque aceptando diferencias y buscando la unidad de los pueblos.

La ecologista: que entiende el buen vivir como una reversión de los procesos de destrucción de la naturaleza, reconociendo a ésta como sujeto de derechos por sus valores intrínsecos. Desde este enfoque se promueve la necesidad de realizar una integración regional a partir de comunidades autónomas.

La eco-marxista: que se caracteriza por la relevancia que se le da a la gestión política-estatal del buen vivir, así como a los aspectos relativos a la equidad social para modificar las estructuras socio-económicas de la sociedad.

El buen vivir en clave de Economía Social

Luego de esta brevísima síntesis nos preguntamos ¿Podemos pensar en una alternativa al desarrollo que tienda al buen vivir desde las estrategias y modalidades de la ES?

Creemos que esto sería posible en tanto las experiencias asociativas poseen estructuras democráticas y mecanismos de participación que desafían una de las características más arraigadas en todo modelo económico político que es la estructura de dominación. Entendiendo a esta última como la organización jerárquica que separa a los miembros de la sociedad entre los que dictan las normas y la inmensa mayoría que se somete a aquellas, con la sola excepción de participar de los actos eleccionarios de representantes.

En las organizaciones de la ES por el contrario las decisiones circulan de abajo hacia arriba, por lo que pueden desarrollar procesos socio-económicos en los que la mayoría de los actores son conscientes y autónomos y no simples ejecutores de procedimientos e instrucciones impartidas por otros. Esto tiene una implicancia enorme en el desarrollo del potencial humano creativo y su aplicación en la resolución de necesidades comunes del colectivo teniendo en cuenta la convivencia armónica que postula el buen vivir.

El empoderamiento de los grupos en organizaciones de la ES permite asimismo contribuir a un cambio en la forma de producir que sea más intensivo en capacidades y conocimientos humanos y no exclusivamente en recursos naturales, materiales y financieros.

A su vez, al no estar guiadas por la rentabilidad, tienden a producir bienes y servicios adecuados a las necesidades reales de las comunidades, dotando al consumo de sentido y responsabilidad, y efectivizando la solidaridad intergeneracional y con el medio ambiente.

Por lo tanto, la ES puede aportar instrumentos concretos para una construcción participativa del Buen Vivir: otros modos de producir, otros modos de consumir, otros modos de crear normas comunes y de tomar decisiones. La integración y la incidencia en políticas públicas de largo plazo constituyen algunos de sus principales desafíos. El diálogo con las diferentes vertientes del Buen Vivir podría contribuir a fortalecer esta visibilidad política.

Jorgelina Flury

Magister en Ciencias Sociales con Orientación en Educación. Especializada en Economía Solidaria y Desarrollo Sustentable. Trabaja en el Centro de Estudios de la Economía Social de la UNTREF como coordinadora académica y como docente del Curso de posgrado Economía Social y Dirección de Entidades sin Fines de Lucro en modalidad presencial.

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