"NADIE NOS ENSEÑÓ A CURAR LAS HERIDAS DEL ALMA”

18-06-2015

Para COLSECOR Revista

Tras sufrir un ACV, en una sesión de terapia en medio de su recuperación física, Alicia logró decir: “ni en la guerra la pasé tan mal”. A partir de ese momento, se abrió en su vida una puerta que ya no pudo cerrar. Fue el comienzo de una lucha por dar visibilidad a las mujeres enfermeras de la guerra y también el camino para empezar a sanar las heridas del alma.

“Nos habían enseñado a curar el cuerpo, pero no el alma. Ni la propia ni la ajena”, recuerda. Tuvieron que pasar 28 años de aquel horror que fue Malvinas para comenzar a hablar. Recién en 2010, cuando su propio cuerpo no aguantó más, Alicia pudo empezar a tirar del ovillo y empezar a dar testimonio de lo vivido en el sur del país en 1982.

Tenía 23 años cuando fue convocada para viajar a las islas, el 2 de abril de 1982. Era la mayor de las cinco enfermeras militares que llegaron al sur del país para montar el hospital reubicable de la Fuerza Aérea y que finalmente se instaló en el aeropuerto de Comodoro.

Alicia nació en Gualeguaychú y estudió enfermería en Santa Fe. Con su título se mudó con una amiga a Buenos Aires buscando nuevos caminos y al poco tiempo ingresó a trabajar en el hospital de la Fuerza Aérea donde recibió instrucción militar. “Fuimos las primeras mujeres en sumarnos”.

También fueron las mujeres olvidadas luego del conflicto armado y tuvieron que pasar casi 30 años para que su tarea saliera a luz. “Nos obligaron a callar, nos borraron del mapa. Guardamos todo en una cajita de recuerdos y nunca más dijimos nada”, cuenta Alicia del otro lado del teléfono en Paraná, donde vive actualmente.

En esta suerte de “desmalvinización”, dice, ni sus propias hijas supieron de su labor humanitaria durante la guerra. “Sentía mucha indignación cada 2 de abril, por eso no quería que se hablara en mi casa de Malvinas”.

¿Por qué las enfermeras tardaron tanto tiempo en contar que habían estado asignadas a la guerra?

El estrés postraumático se manifiesta de muchas maneras, una de esas es no poder contar lo que sucedió. Hasta que después, por alguna circunstancia, esto cambia. En mi caso fueron casi 30 años hasta poder sacarlo. Uno va pasando por diferentes estados: el orgullo, la culpa, la vergüenza y un montón de cosas que hacen que te vayas guardando todo. Finalmente, en mi caso, empezar a contar lo que sucedió es parte de la terapia para sanar las heridas internas. Hace cinco años, cuando empecé a levantar la bandera de la visibilidad, me miraban como la loca, la trastornada y todos los epítetos que te puedas imaginar. Después se fueron acercando otras enfermeras. El año pasado, por primera vez, nos invitaron al acto del 1º de mayo, que es la celebración central de la FFAA.

¿Qué recordás del momento en que te convocan para ir a la guerra?

Yo era jefa de enfermería en el Hospital Aeronáutico de Pompeya. Ese mañana de abril me desperté, como todo el país, con la noticia de la recuperación. Todo era euforia y alegría. Nosotras no sabíamos que el Gobierno estaba en ese plan, confieso que fue una sorpresa. Sentimos mucho orgullo en ese momento. La cuestión es que vuelvo a casa con una amiga y como no tenía mucho tiempo le dicto una carta para mi familia diciéndole que me iba a Malvinas. En la madrugada del 3 de abril, en el aeropuerto de El Palomar y a punto de salir, fue el primero momento donde las cinco enfermeras nos preguntamos a dónde íbamos, porque todo lo que uno ve en una película de guerra estaba ahí. El frío era intenso y recuerdo haber dicho en ese momento: ´Bueno, creo que acá el simulacro se terminó´.

En el avión éramos sólo cinco mujeres entre todos los conscriptos. Nos decían de todo, desde piropos hasta lo que no te imaginas. Cuando llegamos a Comodoro Rivadavia dijeron que el hospital se iba a quedar ahí. Éramos la novedad en un mundo de hombres y teníamos la orden de estar bien arregladas, pintadas, porque no podíamos demostrar flaqueza.

¿Cómo fueron los primeros días?

Muy duros. No podíamos ni hablar por teléfono con nuestras familias, sólo escribir cartas que además eran seleccionadas. Recién el 30 de abril recibí una de mi mamá. Estábamos muy controladas, no podíamos decir nada de lo que veíamos, nos tenían prohibido hablar.

¿Cómo siguió la vida en ese contexto?

Nosotros sabíamos cómo curar las heridas del cuerpo pero tuvimos que improvisar para curar las del alma y contener a los soldados, esa fue el arma que teníamos a flor de piel. Todas recordamos que la mayoría de los heridos llegaba pidiendo a gritos por su mamá. En nosotras veían esa figura materna que necesitaban cuando venían del infierno. Éramos la madre, la hermana, la novia, la esposa.

¿Qué contaban los soldados?

Muchos venían desnutridos, nos decían que nos les daban de comer. Venían con pie de trinchera con los dedos negros por la exposición al agua y la humedad por el calzado que tenían. Nos relataban las cosas que les hacían los oficiales o suboficiales. Algunas quedarán en el olvido porque son parte del secreto profesional. También nos daban números de teléfonos para que les avisáramos a los familiares que estaban vivos.

¿Cómo reaccionaban ante esos testimonios?

Cuando veíamos que llegaban con hambre y frío nos revelábamos. La mayoría estaba con indumentaria para otro clima, como los del norte por ejemplo, no estaban preparados para soportar el frío y se abrigaban como podían. En esos momentos pasábamos mucha angustia pero nuestra tarea era también tenderles esa mano amiga. Por suerte, en estos 33 años y gracias a las redes sociales, muchos nos han podido encontrar y agradecer. No te olvides que nosotros teníamos entre 20 y 23 años, tampoco éramos mayores. Apenas unos años más que ellos. Nosotras teníamos una vida como cualquier persona de esa edad trabajábamos, íbamos a bailar, nos gustaba el rock y de golpe nos vimos ante esa situación y tuvimos que crecer de golpe. Nadie nos explicó cómo se hacía.

¿Qué pensás hoy de la decisión de enviar jóvenes a esa guerra?

Recuperar las Malvinas es una necesidad de todos los argentinos. No creo que aquella haya sido la forma ni el momento. Hoy tampoco. Los que hemos vivido el horror de la guerra no queremos que vuelva a suceder. Deberían haberse administrado los medios para no llegar a eso porque los que nos pusieron frente a aquello sabían que nos estábamos metiendo con las grandes potencias. En aquel momento pensaba que estaba bien recuperar las Islas, hoy a la distancia digo: qué locura. Nuestros pilotos hicieron maravillas, pero los pilotos. Muchos de los que fueron a la guerra estaban haciendo el servicio militar por obligación, no por elección.

¿Cómo era pertenecer a las FFAA en aquellos años tan oscuros para el país?

Vivíamos en una época difícil para el país y no se veía bien lo que estaba pasando. Pero estar en el hospital para nosotros era un trabajo seguro, no lo veíamos desde el lado militar. Sí nos gustaban los operativos de vacunación que hacíamos al norte, por ejemplo, a lugares donde era imposible llegar por vía terrestre.

En reiteradas entrevistas te escuché decir que hubo mentiras ¿A qué te referís?

Nos decían que íbamos ganando la guerra. Las revistas sensacionalistas lo publicaban en la tapa, pero en realidad los soldados en el hospital contaban que los estaban matando. Digo esto de las mentiras en el sentido de que nunca dijeron que venían mal alimentados, y no por falta de comida sino porque estaba mal distribuida. Eso no lo puedo entender. La persona encargada de esa tarea es una de las que hoy anda luciendo la medalla de gran héroe y no lo fue. Los soldados venían con pan duro adentro de los bolsillos, era lo único que comían durante todo el día.

¿Cómo fue al regreso encontrarse con que se trató de ocultar su presencia?

La verdad que fue triste porque nos fuimos como héroes y volvimos como culpables. Las mujeres la sufrimos más porque directamente nos enterraron. ´ Uds. no existen´ fue la orden. Ni siquiera te lo decían sino que nos borraron del mapa y en todas las fechas donde se recordaba a los veteranos y excombatientes, las mujeres que estuvimos ahí no existíamos. Nunca me fui de la Fuerza aunque después pedí la baja porque me case con un subalterno y como el reglamento impide a un oficial casarse con un alguien de menor rango renuncié y pasé a ser personal civil. Las enfermeras nos seguíamos viendo, incluso en el hospital, pero guardamos todo en una cajita de recuerdos y nunca más dijimos nada.

¿Sentís hoy la responsabilidad de dar a conocer esta parte de la historia?

Esta va a ser mi lucha hasta que parta de este mundo. Yo no quiero que las mujeres que participamos de la guerra seamos simplemente las enfermeras. Este año, más que nunca, todas tenemos voz y rostro.

Alicia en el armado del hospital en Comodoro

Sobre el final de la guerra, Alicia fue enviada a la Escuela Militar de Aviación de Córdoba para recibir instrucción como oficial, sin que nadie tuviera en cuenta que venía de la guerra. No pudo, entonces, ver a su familia ni nadie le preguntó por sus pesadillas recurrentes. Según cuenta la escritora Alicia Panero en el libro “Mujeres invisibles”, el 14 de junio - luego de la capitulación - un oficial la escuchó llorar y la respuesta fue “un baile de media hora”. “Un oficial que ni siquiera se había movido de su casa. Ella sabía todo, conoció cobardes, cuyo trabajo era en esas circunstancias ir a la guerra y no lo hicieron, como lo hicieron los conscriptos, sin ninguna opción”, describe Panero al recoger los testimonios de las mujeres de la guerra.

Como civil, sigue vinculada a la FFAA y en dos oportunidades volvió a trabajar con el hospital móvil en misiones humanitarias en Haití. En otro escenario y frente a otras miserias, no pudo contener el llanto cuando ingresó nuevamente al hospital en el año 2004. Cuenta que cuando un oficial la vio llorando, miró su brevet de “Veterana de Guerra” le pregunto dónde lo había comprado.

Las 13 enfermeras fueron reconocidas por el Congreso Nacional en 1990 y con posterioridad por la FFAA.

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