Horacio “Chango” Spasiuk trasciende las fronteras entre los géneros y se expande por los sonidos del jazz, del rock, de la música de cámara barroca o moderna. Sin embargo, esta apertura musical jamás pierde el arraigo popular y es posible reconocer en su estilo las interpretaciones de los clásicos del chamamé como Cocomarola o Ramón Ayala. En su música siempre suena la vida de los colonos misioneros, de los tareferos, de los pyrandí.
¿La música reúne la herencia y el paisaje?
Nada se construye de la nada, todos recibimos y reelaboramos en función de nuestras necesidades y limitaciones. Para mí la música es un punto de partida de mi propia necesidad de expresarme.
La música, como un montón de otras herramientas, tiene muchas lecturas y en diferentes planos: como expresión de una región, como vibración de un lugar, como entretenimiento o para bailar. En diferentes momentos va ocupando una función: de niño, en mi caso, era tocar un acordeón, después tocar en los bailes para que otros bailen, un trabajo para ayudar a la familia o para pagar tu instrumento, para divertirte, para llamar la atención, para que te quieran, para que te consideren, para ser famoso o no, para ser alguien. Todos esos lugares ocupa la música en diferentes momentos. Pero a su vez ella está operando en un montón de otros planos, sin que uno los pueda ponderar y expresar a través de un lenguaje conceptual. La música ocupa también el lugar de una herramienta de preguntas: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿al servicio de qué?, como un gran instrumento para interpretar el mundo de otra manera, no tan lineal. Hoy si me pongo a pensar qué lugar ocupa la música, la verdad es que tiene ese lugar de no palabras. La música se vuelve una herramienta para pensar cuál es el misterio de la vida. Parece pretensioso o muy filosófico, para otros sería totalmente inútil, pero mi vida entera se enfoca en esa dirección. La música para mí es la gran herramienta para reflexionar cuál es mi lugar en el mundo, cuál es mi pequeña acción, al servicio de qué estoy en este momento. Poca cosa ¿no? (risas), estoy muy filosófico últimamente. Pero quiero agregar algo: pareciera que todo esto hay que decirlo con otra música y no con el chamamé, como si sólo fuera una música para bailar.
¿Por qué en ciertos ámbitos el chamamé sigue siendo resistido?
Somos una sociedad que desconoce la historia sobre la cual uno está parado. Ignoramos la riqueza y el tesoro que está en nuestros pies y construimos una sociedad descartando un montón de expresiones por ignorancia, por sobre todas las cosas. Y en esa ignorancia hay como una carga estética que le hemos puesto a determinada música. El chamamé está asociado a los provincianos que en una época vinieron a trabajar a las grandes ciudades. Hasta hoy en día todavía se piensa que es una música para tocar en la madrugada de algunos festivales, pero cuando tocas en Inglaterra, en Alemania o New York la gente no tiene ese preconcepto o esa mala educación con respecto a ese lenguaje.
¿Cuál es el origen del chamamé?
Con la llegada de los españoles y los jesuitas al noreste del país aparece la música barroca, la guitarra, el violín y ahí empieza a armarse un sonido criollo. A fines del 1800 los inmigrantes europeos traen la verdulera, que es un acordeón más chico, y es en ese contexto a lo largo de los siglos que se va cocinando esta música mestiza con armonías europeas que hoy conocemos como chamamé, esta música es indudablemente esa convergencia donde también aparece el paisaje de la tierra colorada.
Tu música se entrecruza claramente con otros géneros, pero jamás pierde ese arraigo popular ¿Tocar siempre te remite a los sonidos del chamamé?
Es como la famosa pregunta: ¿qué es más importante: jugar o los juguetes? Lo que importa es jugar, lo que importa es la música. Si uno se abre y ve que eso que le llaman música regional tiene mucha conexión con otros mundos sonoros: con la música barroca o indígena o europea, el mundo se vuelve bastante más pequeño de lo que uno cree. Entonces, lo que uno llama raíz es una cosa mucho más compleja y se expande de una manera inmensa. ¿Por qué vuelvo siempre al chamamé?, porque hay que partir del lugar que uno conoce y ahondar en esa herramienta.
¿Qué te acercó a otras músicas?
Lo que me hizo tener contacto con otras músicas fue el discurso de los folcloristas que todo el tiempo se quejan del poco reconocimiento de su lenguaje, pero tampoco se abren a otros mundos.
¿Pero siempre estás de algún modo indagando en las raíces?
La ignorancia está en quedarse en la superficie de las cosas, es tener un concepto lineal de los acontecimientos e interpretarlos de una sola manera. Un ejemplo muy criollo: dos grandes investigadores de folclore, uno estudia al gato y otro al chamamé, escriben 602 libros cada uno sobre sus orígenes pero a ninguno de los dos se le ocurrió sentarse a tocar un gato con acordeón y darse cuenta que suena como un chamamé. ¡Ah!, posiblemente tengan orígenes en común pero no nos sentamos a ver eso. Eso sería como una lectura no lineal y crea un paradigma totalmente diferente. Ahí te empezás a dar cuenta de que lo que uno llama raíz no son cosas tan aisladas. Para mí profundizar es realmente maravilloso porque al adquirir una mirada nueva, más amplia, la interpretación del mundo es más rica y así se rompe todo el tiempo el punto de vista que uno tiene de las cosas. Colectivamente pareciera que no se profundiza mucho, está todo muy polarizado y pareciera que se ven las cosas de una manera u otra.
¿Los músicos más jóvenes bucean también de esa manera?
A la generación de jóvenes actual les envidio lo relajados que son. Están tranquilos, conocen un montón de herramientas y graban en sus casas, yo no era así a los 20 años. Pero corren el riesgo en esa relajación de no profundizar, de no tener esa hambre de ir hasta el hueso del tema. De golpe están moviéndose alrededor de tanta multiplicidad de ámbitos, no saben si quieren tocar eso o aquello, que no profundizan en ninguno. ¡Así y todo me generan una envidia enorme!
¿Cómo eras a los 20?
¡Uy!, totalmente conflictuado y lleno de preguntas: si el chamamé se toca así o no. Después vivir los ´90 fue horrible para mí, de arrancar en un circuito y en menos de 10 años ser totalmente ajeno. Hoy a la distancia puedo tener otra perspectiva y doy gracias a que ese circuito me expulsó, me echó, entonces pude experimentar otros procesos creativos pero mientras lo vivís es doloroso.
¿En la música argentina hay cosas todavía por descubrir?
No, lo que no hay es una circulación fluida de esa diversidad. Sabemos muy bien de los mundos sonoros que hay pero no circula fluida esa diversidad sino de una manera muy fragmentada y pobre. Entonces nos llega muy poca info de cada uno de esos mundos sonoros o mucha de otros. Y no tiene que ver con popularidad o no, o con mejores propuestas sino que no se valora la circulación de la diversidad de contenidos. En los ámbitos regionales o provinciales habría que desarrollar espacios para ver determinadas músicas folclóricas para que yo como espectador me enriquezca, aprenda y construya mi concepto de sociedad de una manera un poco más amplia. La música es una herramienta para eso también, no solamente para divertirnos. Por ejemplo, al chamamé siempre que se lo presenta es como música alegre pero en verdad es una música que viene de pueblos incendiados, explotados, de inmigrantes que se escaparon de la guerra y trajeron el acordeón. No es todo tan alegre, es una música desgarrada, melancólica pero esperanzadora. Mi manera de presentar ese mundo sonoro habla de mi tremenda ignorancia de pensarlo. El arquetipo del chamamé que es (Mario) Cocomarola de alegre no tiene nada. Hay muchas herramientas tecnológicas, están las redes sociales y hay demasiada información dando vueltas pero ¿cuál es la información realmente sustanciosa en ese río de lenguajes? Es todo un desafío hoy en día saber qué elijo de todo lo que hay circulando.
Poniendo a la música en el plano del placer: ¿Qué escuchas?
Escucho mucho la radio, la música folclórica. Si tengo que poner un disco escucho la música que me regalan. También el chamamé tradicional, Yupanqui, mucho Beethoven, jazz. Mi discoteca es enorme, pero después termino volviendo a los mismos discos, me gusta mucho el piano solo. En una época sentía que había una carrera contra reloj y que si había algo para escuchar no podía dejar de hacerlo, ahora es como que toda la música del mundo no la voy a poder escuchar entonces me volví selectivo. Escucho a (Dino) Saluzzi que admiro como compositor porque me gusta su manera de llevar la construcción estética. Esas cosas están como más a mano en mi discoteca. Ahora vengo escuchando mucho mi música porque estoy grabando, de una manera casi neurótica, como una lupa y los vuelvo locos a los editores.
Pequeños Universos (Canal Encuentro)
El programa que conduce Spasiuk va por su quinta temporada con más de 60 viajes. La idea surgió de Encuentro como “yo no soy un hombre televisivo, impuse mis reglas de juego” para hacerlo. “La única manera era sentarme en el lugar que yo quiero y escuchar”, cuenta el Chango.
“La oportunidad que me dio el programa es que por primera vez no tuve que estar corriendo y pude sentarme a disfrutar, a presenciar, a hablar lo mínimo” algo que a lo largo de 25 años de giras y conciertos a veces se vuelve dificultoso.





