Manu mental

05-04-2017

-¿Quién?

Gregg Popovich, legendario entrenador de San Antonio Spurs, volvió maravillado de ver la exhibición de Emanuel Ginóbili durante todo el Mundial de Indianápolis 2002, con el histórico triunfo de la Selección Argentina ante el hasta entonces imbatible Dream Team, que cambiaría dramáticamente la mirada de los inventores del básquet hacia el resto del mundo. Estaba por iniciarse la temporada de la NBA 2002-2003, la que marcaría finalmente el arribo de Manu a la mejor liga del mundo. El bahiense había sido elegido en la segunda ronda del draft de 1999 (en el puesto 57°) casi por descarte (“Lo fichamos porque era el más atlético que quedaba en nuestras opciones”, confesaría Pop). Pero Ginóbili, en lo que fue una constante en su carrera, superaría largamente las expectativas. Por entonces jugaba en Regio Calabria, pero fue su incorporación al Kinder Bologna el que lo catapultó a la NBA. Pasó de ser un buen jugador, a la elite del básquet europeo. Allí ganó dos Copas Italia (2001 y 2002), una Liga italiana (2002) y una Liga europea (el equivalente a la Champions) en 2001, de la que fue elegido el MVP de la Final.

-¿Quién?

Pero Duncan no sabía quién era Manu. Y mucho no le importó el asunto. “Tim me miró levantando la ceja, como hace él a menudo, como diciendo 'bueno, ya lo veremos'”, contó años más tarde Pop. Y ya lo vería...

Del montón

Emanuel nunca fue una promesa, ni un talento puro y natural. Más bien lo contrario: era un chico de buenas condiciones para el básquet, de los que hay por cientos en Bahía Blanca. Hijo y hermano de basquetbolistas (su padre Yayo fue jugador, entrenador y presidente de Bahiense del Norte, el club del barrio de los Ginóbili) pero extremadamente flaco, frágil y no muy alto, ni siquiera se destacaba entre los mejores de su generación a nivel ciudad (a los 15 años se quedó afuera de la lista para el torneo Provincial). De hecho, la figurita de la camada era un tal Pepe Sánchez. Entonces, ¿qué fue lo que lo hizo de un pibe común un deportista de primer nivel, de los mejores de la historia de la Argentina? Leandro Ginóbili, el hermano que, sin saberlo, ayudó a desarrollar el espíritu competitivo del menor de la familia, ofrece una buena pista sobre eso. “Un pediatra le dijo que no iba a medir más de 1,84. El deporte te estiliza un poco más, pero mi viejo mide 1,85. No sabíamos cómo hacer para darle ánimo. Mi papá siempre nos medía en la pared de la cocina, con marquitas, pero Manu se quería medir cada 15 minutos. Si le decían tenía que sentarse con la cola pegada en la arena caliente en Monte Hermoso, se sentaba. Creo que le puso tanta pila que le ganó a la naturaleza. ¿Por qué Emanuel mide dos metros? Yo no lo puedo explicar... Pero para mí es un producto de su fuerza mental”. El petiso de los 15 años pasó a medir 1,94 a los 16. El pediatra no sabía con quién se había metido...

El test Bowen

Duncan se olvidó de Ginóbili hasta el día en que lo conoció, en la primera práctica de Manu con los Spurs. Otra vez, el bahiense no llamó la atención por su apariencia fisical. Pero Tim recordó las palabras de Popovich y mandó a Bruce Bowen (un jugador tremendamente duro en defensa, áspero y con fama de acosador de contrarios) a que probara al rookie. “Realmente lo maltraté aquel día. Le hice de todo, le metí presión, le hice casi todos los trucos que conocía. Y no logré meterme en su cabeza. No se le escuchó un quejido, ni una palabra. Ese día empecé a respetarlo”, recordó Bowen. Semanas después, en el debut de Gino en la NBA frente a Los Angeles Lakers, nada menos, un tal Kobe Bryant se le acercó a Bowen: “¿Quién es ese blanquito”, le dijo con aire despectivo. “Ya lo vas a conocer”, respondió Bruce. En la primera pelota que tocó, Manu le hizo un caño a Bryant...

El test popovich

“Manu pasó de ser el mejor jugador de Europa durante dos años a llegar a la NBA para jugar 10 minutos y no tocarla nunca. No sé cómo hizo. Tiene paciencia y sabe adecuarse a las circunstancias...”. Leandro Ginóbili describe la transición tremenda que tuvo que vivir su hermano. Pero él ya sabía lo que le esperaba. “No iba a ser lo mismo, no iba a pararme en un rincón y me iban a dar la pelota. Me tenía que ganar el respeto y siempre supe que primero tenía que defender duro para ganarme la confianza de mis compañeros”, señaló Emanuel alguna vez. Pero no fue fácil. Popovich era un entrenador esquemático, rígido en su forma de ser y en su manera de trabajar. Manu era por entonces un jugador demasiado temerario, demasiado impredecible para el estricto Pop. “Yo no pensé que lo lograría, eso era una batalla. La forma en que Pop le gritaba lo puso a prueba. Todavía hoy no sé cómo lo hizo”, recordaría Tony Parker. El asunto es que Ginóbili y Popovich fueron entendiéndose poco a poco. “No todo se puede conseguir en un mismo día, pero al verlo jugar me di cuenta de la clase de competidor que es, alguien único y con talento. El cerrar la boca y no dar instrucciones más de la cuenta es mucho mejor. Con el paso del tiempo aprendí que no debía discutir con él por un tiro que había tomado, una jugada defensiva o por lo que fuera. Me enseñó a admirar un poco más las cosas y no controlarlo todo", destacó Pop. “Ahora no me saca de las casillas como antes, estamos en un punto medio”, bromea hoy. “El, sencillamente, me hizo mejor”.

El test Ginóbili

Si Manu pudo pasar de Andino de La Rioja al Kinder Bologna y de ahí a la NBA; si pudo lidiar con las exigencias de Duncan, si pudo torcer la terca rigidez de Popovich, fue porque nadie es tan duro con Ginóbili como él mismo. Es capaz de no dormir una noche por haber tenido un mal partido o por haber fallado un tiro clave, pero su espíritu competitivo lo hace reflexionar sobre lo que pasó, corregir y seguir adelante. Lo que hace a Manu un jugador diferente a todos es un aspecto que pocas veces se tiene en cuenta: su tremenda inteligencia. Inquieto, lector voraz, la mente de Ginóbili explora mucho más allá del básquet, pero de alguna manera esos conocimientos lo han hecho un mejor jugador, porque la sabiduría le ayudó a tomar mejores decisiones. No por nada Adrián Paenza, periodista, amante del básquet y doctor en matemáticas, le manda sus libros en borrador al bahiense antes de ser publicados...

El ego domesticado

Como jugador, Manu combina un extremo conocimiento del juego sin haber perdido esa intuición casi sobrenatural. Puede hacer la jugada más lógica del mundo o la más alocada, ambas con la misma eficacia. Y eso lo hace un jugador incontrolable. Por eso, a los 39 años, todavía está donde está. "Manu mostró el espíritu de San Antonio en un hecho. Hace unos años, cuando estaba a un rebote de lograr un triple-doble (diez o más unidades en tres categorías distintas, por ejemplo, puntos, rebotes y asistencias), lo sacaron con el partido definido, Popovich y los asistentes le señalaron que estaba cerca de la triple-decena y Manu sencillamente no le dio importancia al tema. Lo que hacía falta era que descansara, que no arriesgara el pellejo. Tiene un enfoque total en lo que le importa al equipo”. Alvaro Martin, periodista de ESPN, que siguió de cerca cada una de las temporadas de Manu en Estados Unidos resalta otro aspecto fundamental de su ADN de jugador: el sometimiento de su lucimiento personal y de su ego deportivo (que lo tiene y muy desarrollado) a las necesidades colectivas. Un estilo que construyó con la Generación Dorada y que encontró su espejo en San Antonio. Otra vez: esta característica tan inusual en el deporte superprofesional (en el que los atletas miran más el ombligo propio que el contexto que los rodea) es antes un claro síntoma de inteligencia que de generosidad desinteresada. Eso fue lo que lo hizo aceptar ser suplente en los Spurs cuando era una de las estrellas de la Liga. En realidad, Manu nunca fue suplente, sino un titular que salía desde el banco. Pero las necesidades del equipo hacían que el bahiense ingresara más tarde para liderar la segunda escuadra del equipo, mientras Duncan y Parker descansaban. “Un día Pop me llamó y me contó su idea de que Manu fuera suplente. Realmente me sorprendió”, contó Duncan. “Si él me hubiera dicho que no quería salir del banco lo hubiera respetado porque se lo había ganado, pero cuando se lo dije me miró a los ojos y simplemente me dijo: 'OK'. Estas cosas lo hacen diferente”, acotó Popovich. “Y no es que a él no le importara, pero lo hizo porque era lo mejor para el equipo. Eso marca un precedente. Si él no se queja, ningún otro jugador podrá decir nada sobre su rol o sobre los minutos que juega. Es admirable”, agrega Bowen.

Ginóbili siempre supo qué lugar le tocó ocupar en el equipo: cuando se tuvo que ganar la confianza de sus compañeros en 2002, cuando se hizo pieza clave de los Spurs desde 2004 y ahora, con un rol más de apoyo y con un protagonismo limitado. “Cuando dejé de cerrar los partidos me afectó, pero me di cuenta de que estaba bien, porque había otros mejor que yo. Es el papel que me toca, y lo asumo”, dijo entonces. Un flacucho en tierra de gigantes, su debilidad física es sólo aparente. Subcampeón mundial y campeón olímpico con la Selección; campeón europeo, cuatro veces campeón de la NBA, admirado al punto que, cuando jugó su último partido en los Juegos de Rio con la celeste y blanca, los jugadores y el cuerpo técnico de Estados Unidos hicieron fila, silenciosa, para darle cada uno un abrazo de despedida, tributo que sólo se les da a los que se ganan el respeto. Y ésos no son muchos. Futuro miembro del salón de la fama, leyenda viviente de los que marcan una época, vale la pena verlo una vez más. “La gente considera a Jordan el más competitivo de este deporte; yo no estoy seguro de que Manu no sea tan competitivo como Michael. Para mí, su legado es cuán duro juega cada segundo”, afirma Mike Monroe, periodista del San Antonio Express News y razón no le falta. Manu nunca fue el más talentoso, ni el más rápido, ni el más atlético, ni el más certero, ni el más musculoso. Pero fue el más fuerte de la cabeza. Manu mental.

Por Martín Eula

Fotos: Gentileza diario Olé

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