Por Matías Cerutti

Sanford

En una fría tarde de julio, dos amigos miran un partido de fútbol y recuerdan historias y personajes de su pueblo.

 

 

Por Matías Cerutti | Viajero, cronista y narrador

 

Es feriado en Sanford. Las inferiores del club juegan contra Aprendices de Casilda y está todo el pueblo en la cancha.

-Te acordás de Reschini -dice el abuelo que babea contra el alambrado mirando a un pequeño mediocampista envuelto en tela roja y negra-. ¿Te acordás cuando empezó con lo de la escuela?... con que en Sanford hace falta un colegio, que los pibes salen de la primaria y se tienen que ir a Casilda.

-¿No querés un pancho? -lo interrumpió el flaco, mostrándole un ejemplar que tomaba entres sus manos como si fuera una flauta traversa.

-No, gracias. Acabo de comer un sándwich de bondiola en lo de Pepito Borda- contestó el abuelo.

-Uhh, no me lo digas. Vos sabés que lo mencionás y empiezo a sentir olor a asado por todos lados. El otro día pasé por el boliche y Carlitos, el asador, estaba tocando unos temas de Guarany con los hermanos Gómez. Yo lo escuchaba y veía que en vez de tocar la guitarra estaba afilando el cuchillo para entrarle a ese corte jugoso que él sabe hacer. Te juro que yo venía de comer un asado y me daba hambre igual.

El flaco tenía la idea fija con la bondiola de Carlitos desde la época en que viajaba de Arequito a Rosario todos los días y se detenía a comer algo en el parador de Borda.

-Cuando estábamos en lo de Pepito nos acordábamos de lo de Reschini con la escuela  –siguió el abuelo-. ¿Cómo vamos a hacer una escuela nosotros?

-Si no tenemos escuela es porque no queremos- respondía.

-¿Viste que Chiqui Tapia y Angelici andan por acá? –volvió a interrumpir el flaco cuando acabó con el pancho, mientras se limpiaba la boca con una servilleta de papel.

-¿En lo de Pepito?

-Te pedí que no me lo mencionaras- descargó el flaco con una cara de indignación que daban ganas de salir corriendo a comprarle una bondiola -. No, en Casilda. Andan detrás de Sampaoli que no quiere saber nada con entregar la Selección.

-Se hubiera quedado laburando en el banco y dirigiendo a Alumni, ahora seríamos campeones.

- Es porfiado, che. No quiere irse. 

Era un 9 de julio gris en Sanford. Plomizas nubes parecían desprenderse de los molinos de la fábrica Indelma y posicionarse como cielorraso sobre las cabezas de los pibes de Atlético Sanford y de Aprendices. La derrota en el mundial de Rusia era reciente y costaba sacar otro tema de conversación. El flaco, en un desmesurado intento por no seguir en la senda del perdedor y demostrarle a su amigo que lo había estado escuchando, trató de regresar la charla hacia algo que no sea ni fútbol ni sándwiches de bondiola.

-Lo que me contaron de chico fue lo del padre de Reschini, cuando era presidente de la Cooperadora de la escuela de Colonia Las Flores.

-Cuando fue a manguearle plata a Sylvestre Begnis– se animó el abuelo y los dos rieron, a pesar de las nubes, de Sampaoli y del gol que acababa de hacer un jugador de Aprendices.

El padre de Juan Carlos Reschini había viajado a la capital de la provincia a pedirle al gobernador dinero para hacer una escuela nueva, ya que las habitaciones del boliche donde se daba clase habían quedado chicas. Sylvestre Begnis lo atendió en su despacho, le preguntó a su secretario cuánto podía salir hacer una escuela y le dio un cheque con el monto para que se haga todo un establecimiento educativo rural y una casa para el director. Don Reschini no sabía qué era un cheque, jamás había visto uno y no sabía qué hacer.  Dicen que viajó desde Santa Fe hasta Sanford con el cheque adentro del zapato.

-Lo habrá cobrado antes que Moya, supongo– agregó el abuelo, haciendo referencia a un empresario de la construcción que estuvo 23 años esperando que la comuna le pagara una deuda.

-¿A Henry Sanford le habrán pagado alguna vez el préstamo?

-No sé, pero por lo menos recibió el homenaje de que el mejor pueblo de la zona lleve su nombre –resolvió el abuelo.

De pronto, a los dos amigos los abrumó el silencio y los dos pensaron lo mismo, hasta que el flaco lo hizo explícito con un breve comentario.

 -Hermosa escuela hicieron, y mirá en que terminó.

La escuela de Colonia Las Flores ahora está cerrada. Una investigación policial descubrió que el salón de usos múltiples de la institución era utilizado por una red de narcotraficantes como depósito de marihuana y cocaína. Cuando la allanaron, además de la droga secuestraron armas de fuego, celulares y dinero en efectivo. La escuelita hacía tiempo que no era la misma, la migración del campo a la ciudad había despoblado la zona y ya casi no tenía alumnos.

-Mirá ese nueve, cómo me hace acordar al Pablito Vilchez cuando jugaba acá –intentó salir del asunto el abuelo.  

-Dicen que clavó un golazo el otro día en el clásico con Unión.

-Siempre hizo lindos goles ese pibe –apuntó el abuelo.

El cielo se seguía cubriendo de amenazantes nubes, pero los amigos estaban relajados. Había pasado el tiempo en que cada encapotada despertaba el temor de que se repitieran las tremendas inundaciones del 2015, cuando llovió más de 200 milímetros y desbordó el terraplén de contención, dejando a la mitad de pueblo bajo el agua. El flaco siempre recuerda lo terrible que fue estar una semana sin parar por lo de Pepito Borda, que tuvo que cerrar porque tenía el agua a la altura de la ventana.

-Lo del padre de Reschini fue la escuela rural de Colonia Las Flores –retomó el abuelo-. Pero esto que te cuento fue para hacer el colegio secundario. Juan Carlos Reschini se fue con el cura y dos más a la Superintendencia Nacional de la Enseñanza Privada y se vinieron con un librito y tres años de plazo para construirlo.

-¡Levantá la banderita, papá! –gritó el flaco al juez de línea que habilitaba el ataque de los de Casilda. -¿Eso fue cuándo Reschini estaba de presidente de comuna?

-No. Eso fue mucho antes. En los ‘70.  El tipo convocó a una reunión a todos los padres que tuvieran hijos en edad de cursar el secundario y empezaron a tirar ideas: hagamos pollo para juntar plata, empanadas, decía otro; una rifa, opinaban otros padres. Reschini dijo que empezaran por conformar una cooperadora. Ahí nomás se votó para presidente de la flamante asociación; de 28 que eran, 27 lo votaron a Reschini.

-Ah, ahí fue que se metieron con el campo.

-Sí, alquilaron 200 hectáreas y Reschini se fue a hablar con los colonos de las cooperativas, con el Sindicato Obrero y con el Centro de Camioneros. A todos les explicó lo importante que sería tener una escuela secundaria en el pueblo. Consiguió semillas, combustible, como 50 tractores, el transporte para llevar el cereal hasta el pueblo y los obreros para la descarga.  Fueron a laburar tres fines de semana en todo el año y juntaron la guita para el edificio…- el abuelo se tildó por un instante –. No me puedo acordar cómo fue que hicieron para conseguir los ladrillos, eso lo sabe bien Pepito Borda.

No alcanzó a terminar de decirlo que el flaco saltó como uno de esos payasos de juguete que salen de adentro de una caja de sorpresas.

 –Vamos, por favor- se le escapó de la boca –capaz quede pechito de cerdo o algo de vacío.

El abuelo decidió llamarlo. No quería perderse los últimos minutos del partido, lo retenía la esperanza del empate. Pepito le dijo que los ladrillos se los mandaron de Coronda y que para hacer la escuela no le tuvieron que pedir nada al gobierno. Después llegó el aporte para el pago a los docentes, primero de Nación y después pasó a la Provincia.

Dicen que cuando llegó la inspectora  para ver dónde iban a construir se encontró con la escuela hecha. Entonces pidió una máquina de fotos para que en la capital le crean lo que estaba poniendo en el acta.

-¿Y a esa escuela no la iba a manejar el obispado? –preguntó el flaco poniéndose en puntas de pie entusiasmado con el ataque de los pibes de Sanford.

-Sí –contestó el abuelo mientras se agarraba con fuerza al alambrado olímpico ante la inminencia del empate- lo que pasó es que en Rosario cambiaron el obispo y el nuevo la tenía con que Reschini era comunista, lo denunció y le hicieron un allanamiento.

El jugador de rojo y negro al que le quedaba la camiseta más grande estaba a punto de marcar el tanto y su abuelo gritaba con el tono de quien está relatando para la radio.

- ¡No le encontraron nada!, pero la escuela quedó en manos de la cooperadora y lo sigue estando hasta el día de… goooool!!!

Fue un instante de coincidencias concluyentes. El relato del abuelo terminó en el mismo instante en que su nieto marcaba el empate y el árbitro daba por terminado el partido. Había sido un feriado más en Sanford. Un 9 de julio nublado, de fútbol, sándwich de bondiola y algún recuerdo de la historia.