Por Alejandro Mareco

Del saqueo y el dolor a la luz de la mixtura

El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón llegaba a estas tierras e iniciaba la gran aventura de la globalización. La conquista sembró sangre y muerte, pero hoy ya no celebramos la raza sino la diversidad.

 

 Por Alejandro Mareco | Periodista 

José Nasello | Ilustraciones 

 

Cristóbal Colón ya sabía que el mundo era redondo. Por eso, cuando después de 72 días de navegación sin toparse con ninguno de los abismos tan temidos por algunas teorías-leyendas de entonces el vigía gritó que había tierra a la vista, acaso sintió el embriagador sabor de la victoria, sólo reservada para aquellos audaces que empeñan hasta la vida en sus convicciones. 

Pero en esa lonja de tierra firme que quebró la larga monotonía de mar y cielo en aquel 12 de octubre de 1492, había mucho más que la confirmación de la circularidad del planeta y, en consecuencia, de que también era posible llegar a Asia navegando hacia el oeste. 

Por empezar, al final de su largo viaje, Colón había inventado la aventura de la globalización para la humanidad. 

Y más allá de los enormes efectos que el episodio significaría para el conocimiento científico, el impulso original había sido la búsqueda de riquezas a través del comercio: en el “mercado” europeo de entonces había ansiedad (“demanda”) de consumos exóticos. Pero no era el Asia de los sabores raros, las especias y las telas de ensueños que había grabado en las quimeras los relatos de Marco Polo, con la que se había topado. 

Era un continente entero, gigante, tan extendido de sur a norte y de norte a sur que casi acariciaba los dos polos. Semejante coloso era desconocido para los saberes europeos y de sus navegantes que no se habían atrevido a alejarse demasiado de las orillas conocidas. 

Ese continente que estaba detrás de las islas caribeñas que inicialmente alcanzaron sus carabelas, era un pequeño universo con prodigios naturales que cambiarían la vida cotidiana de los próximos siglos: papa, maíz, tomate, tabaco, cacao. Y, sobre todo, tenían oro y plata, el gran desvelo de la voracidad de aquellos tiempos. 

Pero además de alimentos y riquezas, también había hombres y mujeres, millones de seres humanos desplegados en distintos pueblos y culturas que tenían su manera de relacionarse con la naturaleza, los dioses y entre sí, a través de sociedades con reglas, valores y organizaciones propias. 

La ignorancia sobre su existencia hizo que Europa se sintiera “descubridora” de estas tierras que luego se llamarían América. 

Del mismo modo podría decirse que los originarios americanos de entonces “descubrieron” con la llegada de los españoles, que había otra porción de humanidad allende los mares. 

América no era un mundo nuevo, pues existía hacía milenios y había desarrollado culturas de siglos, con sus propias sofisticaciones. 

La conciencia de que no se trataba de Asia sino de un lugar diferente con el que no había necesidad de obtener riquezas a través del comercio  sino que la diferencia tecnológica-cultural de entonces ofrecía la posibilidad de un inmenso saqueo por la fuerza, abrió uno de los procesos más oscuros de la historia de la humanidad: la conquista y la colonización.

 

La tragedia de la conquista 

Es decir, el 12 de octubre de 1492 se puso en marcha uno de los capítulos más feroces y sangrientos de dominación territorial, física, cultural y espiritual de la historia. 

Las riquezas arrancadas del suelo americano por el imperio español y también por Portugal durante más de tres siglos tienen una dimensión inconmensurable, pero lo más terrible fue la matanza de millones y millones de hijos de estas tierras. 

Perdieron su vida no sólo por las guerras para defenderse de los conquistadores sino también por las condiciones de explotación infrahumana a las que se vieron forzados para extraer los bienes, así como el hambre, las enfermedades y el dolor espiritual en el que fueron arrinconados. 

“Europa encontró una justificación científica y filosófica de esta empresa colonial. Un mundo tan diferente de la colosal civilización europea tenía que ser salvaje o ‘bárbaro’, como llamaron los romanos a los extranjeros. Aunque los mayas conocieran el cero o tuvieran un calendario superior al gregoriano, conocido recién en 1582. Aunque la hermosa capital azteca Tenochtitlán, fuera 10 veces mayor que Londres y que Madrid”, ha escrito el ensayista argentino Raúl Dargoltz. 

El sitio web Wikipedia señala que antes de la llegada de los españoles, en América Latina había una población de aproximadamente 70 millones de originarios, y 150 años más tarde quedaban sólo tres millones y medio. “Los indios fueron el combustible del sistema productivo colonialista español”, ha sostenido el intelectual brasileño Darcy Ribeiro. 

La “leyenda negra” de la conquista española (y portuguesa) es verdadera, aunque se la haya presentado muchas veces como fruto de una invención propagandística antihispánica. 

Sí vale señalar que de todos modos, la colonización fungió como un  aglutinador cultural de América Latina, que encontró en el idioma castellano (o portugués, en la porción brasileña) un denominador común para el desarrollo del conocimiento, la integración regional y la cultura compartida. Aunque no haya sido eso parte de las intenciones originales. 

“Latinoamérica fue el producto de una violación, pero así como el hijo nacido del abuso puede hablar el idioma del padre sin estar obligado a ensalzar al propio ofensor, así nosotros, hijos de América Latina, hablamos el idioma de España y Portugal y defenderemos la cultura heredada y mezclada, sin tener por ello la obligación de hacer la apología de la Conquista que, como toda conquista, es siempre un acto repudiable y odioso”, ha sostenido Roberto Ferrero, historiador. 

Ferrero también advierte sobre una mirada exclusivamente indigenista, y pone el acento en la condición latinoamericana del mundo nuevo. “Como ya lo dijo perspicazmente Bolívar en su célebre Discurso de Bucaramanga ‘No somos indios ni somos europeos’. Somos latinoamericanos, y como tales, tanto la corriente hispanista como la indigenista, con sus verdades parciales, nos son esencialmente ajenas”. 

 

Raza o diversidad 

Un siglo después de declarada la independencia del dominio de España, en 1917 un decreto del entonces presidente Hipólito Yrigoyen declaraba al 12 de octubre jornada festiva nacional por tratarse del “Día de la Raza”. 

Acaso en ese momento el concepto vino empapado de las circunstancias: el país se había conmocionado por la llegada de inmensas legiones de inmigrantes. La decisión saludaba a la hispanidad ya desde otra mirada de la historia. Incluso, se entendía como raza a la reivindicación de los sectores tradicionales que fungían como los “dueños” de la pertenencia argentina. 

En sus fundamentos, el decreto sostenía: “La España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático el magnífico valor de sus guerreros, el ardor de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, la labor de sus menestrales, y derramó sus virtudes sobre la inmensa heredad que integra la nación americana”. 

Y casi otro siglo después, en 2010, cuando la revisión histórica de los hechos, la conciencia de lo padecido por los pueblos originarios más la persistencia de situaciones de discriminación sobre estos ya había abierto una gran huella, por decreto de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner el 12 de octubre pasó a ser “Día de la Diversidad Cultural Americana”. 

El objetivo fue “promover la reflexión histórica y el diálogo intercultural acerca de los derechos de los pueblos originarios”. 

En estas tierras americanas, en especial en Argentina que tanto se vio conmovida por la inmigración europea de finales del siglo XIX y comienzos del 20 (y por corrientes de múltiples procedencias también), el concepto de afirmación de la raza es de lo más disonante. 

Si es que hay algo que distingue a gran parte de nuestro continente, y sobre todo a nuestro país, es la mixtura. En consecuencia, va de suyo la superación del estigma de la identificación por raza, que tantas desventuras ha causado y causa en el mundo. 

Nuestro orgullo debería ser esa mixtura y el respeto por cada una de las partes de esa mezcla, comenzando por los pueblos que habitaban aquí en comunión con la naturaleza de esta parte del mundo, los que vivieron el dolor y el saqueo que sustentó siglos de prosperidad europea. 

América es un mundo nuevo no sólo porque hace 523 años era desconocido para los europeos, sino porque la razón de la sangre americana no se aferra al ayer –como en el mundo viejo– sino, sobre todo, al futuro. 

Esta es nuestra gran ofrenda al futuro de los hombres. América es el proyecto de la fecundidad de la mixtura: al cabo de la colonización y de la inmigración, sumada a la esclavitud que diseminó en inmensas proporciones también la raíz africana, este continente lleva en sus entrañas un variopinto racial que, si alguna vez termina de asomar como un esplendor, será una luz para la humanidad entera.   

 

Américo Vespucio y el nombre de un continente

“Cuando las cosas llegaron al límite, en medio de una horrible tempestad, plugo al Todopoderoso mostrarnos el continente, una tierra nueva y un mundo desconocido”. 

En estas palabras escritas en una carta a Lorenzo de Médicis está la semilla de la razón por la cual el marinero florentino Américo Vespucio terminaría dándole su nombre a todo el inmenso nuevo continente, en desmedro de lo que aún parece más lógico: que del nombre de Cristóbal Colón surgiera el bautismo de estas tierras.

El relato de sus aventuras que él situó en un nuevo mundo, identificándolo como un continente distinto a los conocidos, fue lo que hizo que el geógrafo alemán Martin Waldseemüller, miembro de una sociedad de científicos aficionados, en 1505 publicara un mapamundi incluyendo esta porción de la tierra con el nombre de América, en honor a Vespucio, a quien consideraba el descubridor. 

Pero los relatos de las aventuras por el nuevo mundo que hizo Vespucio pronto fueron señalados como poco confiables. Entre otras cosas, hablaba de mujeres insaciables en la lujuria, sumamente deseables  (“ninguna tienen los pechos caídos”) y de hombres devoradores de hombres (“Conozco a un hombre que tiene la fama de haber devorado más de 300 cadáveres…”). 

Cuando los cuestionamientos arreciaron, Waldseemüller quiso retroceder pero ya era tarde. Los relatos de sexo y antropofagia le habían dado enorme fama a Vespucio y el nuevo continente quedó grabado en la gente con su nombre. 

“Hoy en día se sabe que Américo Vespucio jamás realizó ese viaje, si fue un año más tarde con Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa como piloto y él como subordinado de este último, en todo caso, el mérito sería de Ojeda y Juan de la Cosa por estar al mando. Aún así, Colón ya había conseguido este logro en su tercer Viaje, la expedición de Ojeda y De la Cosa no hizo otra cosa que seguir la ruta que un año antes había realizado Colón”, sostiene el sitio web www.cristobal-colon.com que exalta la figura del almirante. 

Es posible que semejante honor de darle su nombre al continente desconocido le reportara numerosos cuestionamientos. Pero uno de esos críticos fue nada menos que Fray Bartolomé de las Casas que lo llamó “mentiroso” y “ladrón” al “pretender tácitamente aplicar a su viaje y a sí mismo el descubrimiento de la tierra firme, usurpando al almirante Cristóbal Colón lo que tan justamente se le debía”. 

Ralph Waldo Emerson, el insigne escritor y poeta  estadounidense, escribió: “Extraño, que el Nuevo Mundo no debería tener mejor suerte, que la América amplia debe llevar el nombre de un ladrón: Amerigo Vespucci, el vendedor de pepinillos de Sevilla”. Lo de “vendedor de pepinillos” aparentemente es por su ocupación anterior de vendedor de provisiones para los barcos. 

Tal vez las palabras de Emerson estén cargadas de ironía, pero coinciden con los detractores del marinero florentino que, de todos modos, méritos ha de tener para haber alcanzado semejante lugar en la historia. Al menos, estaría entre los primeros que comprendió que se trataba de un nuevo continente.